Materialismo Filosófico

 

Concepto e Historia

Sistema filosófico que está desarrollándose desde hace más de treinta años, y que acaso sólo tiene de común con el materialismo tradicional la negación del espiritualismo, es decir, la negación de la existencia de sustancias espirituales.

Es cierto que cuando estas sustancias espirituales se definen como no materiales, poco avanzamos en la definición del materialismo, puesto que no hacemos otra cosa sino postular la realidad de unas sustancias no materiales, pero sin definirlas previamente. Y si en lugar de definir las sustancias espirituales como sustancias inmateriales se definen como incorpóreas, estaremos presuponiendo que el materialismo es un corporeísmo, tesis que rechaza de plano el materialismo filosófico, en tanto admite la realidad de seres materiales pero incorpóreos (la distancia entre dos cuerpos es sin duda una relación real, tan real como los cuerpos entre los que se establece, pero no es corpórea, ni tampoco «mental»).

Por ello el materialismo filosófico ve necesario, para romper el círculo vicioso (sustancia espiritual es la sustancia no material, y sustancia material es la no espiritual), acudir a una tercera idea, a saber, a la idea de la Vida, definiendo la sustancia espiritual como sustancia viviente incorpórea. El materialismo, en general, podría entonces definirse como la negación de la existencia y posibilidad de sustancias vivientes incorpóreas. Esta definición de materialismo permite incluir al atomismo de Demócrito; pero el atomismo de Demócrito es un corporeísmo, por cuanto identifica a lo incorpóreo con el no-ser, con el vacío; por ello el materialismo filosófico no tiene que ver con el atomismo de Demócrito, renovado en el siglo XVII y XVIII en una concepción que bloqueó el desarrollo de la ciencia moderna y especialmente de la Química, la cual solamente pudo seguir adelante «rompiendo» el átomo. Pero, aparte de Demócrito, el materialismo tradicional se desarrolló como monismo materialista corporeísta, y este es el modelo más extendido en los siglos XIX y XX (Büchner, Moleschott, Ostwald, Haeckel, Marx, Engels, Monod, &c.). El materialismo filosófico tiene muy poco que ver con este materialismo tradicional.

Niega el monismo, por cuanto defiende el pluralismo ontológico, pluralismo que no se reduce al reconocimiento de las diferencias entre los seres, sino a la afirmación de que entre éstos hay discontinuidades irreducibles (acogiéndose al principio de discontinuidad implicado en la symploké platónica, según la cual «no todo está relacionado con todo»); y en esto se diferencia del monismo materialista tradicional que, como el monismo teológico monoteísta, defiende que «todo está relacionado con todo».

Niega el corporeísmo porque, además de las realidades corpóreas (que se incluyen en un primer género de materialidad) reconoce la realidad de un segundo género de materialidad incorpóreo pero temporal (por ejemplo un dolor de apendicitis) y de un tercer género de materialidad inespacial e intemporal (como pueda serlo un teorema matemático).

El materialismo filosófico utiliza también el concepto de Materia ontológico general como multiplicidad pura que se presenta en función del mundo de los fenómenos, constituido lisológicamente por los tres géneros de materialidad (la materialidad primogenérica, la materialidad segundogenérica y la materialidad terciogenérica), pero morfológicamente organizado según diferentes plataformas (materia inorgánica, materia orgánica, materia viviente, materia social, materia etológica, antropológica o institucional) y categorías establecidas en función de las ciencias positivas.

Como doctrina sistemática sobre la estructura de la realidad se caracteriza en sus rasgos más generales, desde un punto de vista ontológico, por:

  • 2º) Defender las sinexiones entre conciencia y Mundo (véase sinexión), de tal modo que el Mundo sería el contenido finito de la materia ontológico-general caracterizado por estar dado a escala del Ego (principio zootrópico); no hay conciencia sin mundo ni mundo sin conciencia. Esta transformación materialista del principio de apercepción trascendental kantiano se lleverá fundamentalmente a cabo a través de la idea de trascendentalidad positiva.
  • 3º) Frente a los distintos formalismos o reductivismos ontológicos, la defensa de que los contenidos del Mundo (esto es, las materialidades dadas a escala del Ego, sin olvidar que el Ego mismo está dado también a escala de estas materialidades) se dividen en tres géneros distributivos de materialidad sinectivamente conectados entre sí, de tal modo que es erróneo pensarlos al modo megárico o dar más peso ontológico a uno que a otro. Estos géneros, o dimensiones ontológicas sinectivamente conectadas entre sí en symploké los conoce el materialismo filosófico como M1, M2 y M3. Estos contenidos, al estar dados en función del Ego, son el ámbito ontológico donde la materia «se conoce a sí misma», aunque parcialmente, finitamente, no al modo hegeliano según el cual el Ser tomaría plena conciencia de sí dentro del Ser-para-sí, en el Espíritu absoluto.
  • 4º) Frente a los distintos tipos de monismo en general, y frente al monismo de la Ontoteología cristiana en particular, la defensa de un pluralismo ontológico. En la Ontoteología el Ser es un analogado de atribución cuyo primer analogado es Dios, que es por tanto Ipssum esse, y al ser Acto Puro (=Ser realísimo, sin ninguna potencialidad), es un Ser simplísimo (=sin partes), al estar ligada la idea de pluralidad a la materia, pero no a la forma pura). Para el materialismo filosófico, en cambio, el Ser (=la materia ontológico-general) es una pluralidad infinita de contenidos conectados en symploké. Tanto las Ideas de unidad como de identidad presuponen una multiplicidad originaria sobre las que ejercitarse. Ni que decir tiene que gracias al principio de symploké, estamos libres de ver a esta pluralidad originaria como una totalidad (las totalidades están en función de las operaciones del sujeto gnoseológico, son finitas, múltiples y recursivas) o como una multiplicidad regida por el Monismo de la armonía.

Las partes fundamentales del materialismo filosófico son: Filosofía general, que se divide en Ontología (general o especial que giran en torno a la Idea de Realidad) y en Gnoseología (general o especial que gira en torno a la Idea de Verdad); Filosofía especial (que gira fundamentalmente en torno al espacio antropológico y al espacio cosmológico).

El materialismo filosófico comporta por tanto una Ontología, una Gnoseología, una Antropología filosófica, una Estética, una Filosofía política, &c., &c.
Extraído de: http://symploke.trujaman.org/index.php?title=Materialismo_filos%F3fico

 

Alberto Hidalgo Tuñón

Eikasia. Revista de Filosofía, 2 (enero, 2006).

Posición filosófica crítica, que considera a la materia como principio, origen y causa de todo lo existente. El término fue utilizado por primera vez en 1647 por Robert Boyle en The Excellence and Grounds of the Mechanical Philosophy y fue adoptado por los philosophes (Condorcet, Condillac, Diderot, Helvetius, Voltaire, etc.) de la Ilustración en el siglo XVIII para designar su posición naturalista en física y fisiología, su crítica radical a la religión, su moral hedonista y su oposición a las convenciones educativas y morales del Antiguo Régimen.

 

 

Robert Boyle.

El materialismo filosófico clásico sufrió los efectos del criticismo de Kant y del idealismo a lo largo del siglo XIX, como lo prueba en Alemania la llamada «disputa del materialismo» (Materialismusstreit), que provocó la consolidación de distintas variedades de materialismo: fisicalista, fenomenista, moral, histórico, dialéctico, etc. Es imposible dar cuenta de las variedades teóricas del materialismo que se han ido multiplicando en el siglo XX, a medida que se iba refinando nuestro conocimiento científico de la materia y del Universo. Sin embargo, el carácter originario e inderivable de la materia estuvo asociado desde la Antigüedad con el atomismo cosmológico (Demócrito, Epicuro, Lucrecio, etc.). Desde que los átomos dejan de ser “indivisibles” y no figuran como los últimos componentes de la realidad, el materialismo cobra un aspecto más metodológico, y en todas sus variedades (positivista o marxista) subraya la primacía ontológica de la materia frente al espíritu y la prioridad del conocimiento científico (experimental y teórico) frente a otros tipos de conocimiento: religioso, místico o extrasensorial.

 

Las diversas concepciones de “materia” han dado lugar a una gran variedad de sistemas materialistas. «Materialismo» quiere decir cosas diferentes en cada contexto. Distinguimos tres grandes contextos, según relacionemos la Idea de Materia (M) con el Mundo, con la Idea de Dios o con el Sujeto cognoscente.

 

A) Materialismos Ónticos

 

 

 

En el contexto más inmediato, el óntico, que contempla las relaciones de la Idea general de materia (M) con las distintas realidades que pueblan el «mundo», tal como se nos aparecen,
destacamos 4 grandes tipos de materialismo.

 

1) El materialismo cosmológico hace de la materia el origen del universo, y la postula como sustrato o fundamento de toda realidad. Su variante “mecanicista” añade a la distribución de las partes materiales en el espacio (cuerpos, átomos, masas, etc.) la existencia de fuerzas capaces de moverlas y combinarlas, sin necesidad de apelar a causas finales o a poderes espirituales. En esta forma se presentó el materialismo antiguo de Demócrito y Epicuro, el materialismo iluminista clásico del siglo XVIII y el positivismo decimonónico. La tradición energetista en física llevó a G. Ostwald, sin embargo, a proclamar la inutilidad del concepto de materia y la superación del materialismo científico (1895). Pero, una vez reconocida la equivalencia entre masa y energía por la teoría de la relatividad de Einstein en el siglo XX, pareció resucitar la idea cosmológica de materia a través de la idea de «campo de fuerzas» (1938), que usan todos los modelos astrofísicos.

Supuesto anillo de materia oscura fotografiado por el telescopio espacial Hubble.

Pero hay más. En 1932 fue detectada por el astrónomo Jan Oort un tipo de materia que ejerce fuerza gravitacional sobre los cuerpos visibles, aunque no emite ni absorbe luz. Antes de 1980 se pensaba que esta “materia oscura” era materia ordinaria en alguna forma no detectable como gas, estrellas de baja masa y cadáveres estelares del tipo enana blanca o agujero negro. Los cálculos astrofísicos, además de establecer que la materia oscura constituye el 90% de la masa del universo, sugieren que está formada por neutrinos o alguna forma más exótica de partículas aún no descubierta en los laboratorios de altas energías. Aunque no sabemos de qué está compuesta, la materia oscura distribuida por todo el Universo sigue la estela del viejo materialismo cosmológico.

2) El materialismo antropológico se centra en explicar la naturaleza humana a partir de sus componentes físicos o fisiológicos. Al distinguir tajantemente la «res cogitans» (o alma) de la «res extensa» o cuerpo, Descartes contribuyó directa (aunque involuntariamente) a la difusión del materialismo antropológico en la modernidad. La tesis de la materialidad del alma fue tópica en la literatura clandestina de los libertinos y sirvió como punta de lanza de la Ilustración contra la tradición cristiana.

Julien Offray de LaMettrie.

 

Los descubrimientos médicos y fisiológicos, que mostraban la dependencia de las funciones espirituales respecto de sus condiciones anatómicas y orgánicas, permitieron al médico J.O. de La Mettrie trazar una historia natural del alma (1745) y formular la famosa tesis del «hombre máquina» (1748), y a David Hartley defender la indisocialibilidad de pensamiento y sensación (1749). Tras ellos, el barón D’Holbach reafirmó el carácter natural de las realidades humanas [«Al igual que los árboles que producen frutos en función de su especie, los hombres actúan en función de su energía particular y producen frutos, actos y obras igualmente necesarias» (1770)], hizo una crítica a la religión, propuso una ética del placer, y una política de la solidaridad y el interés común. En la misma línea, C.A. Helvetius formuló un programa ético basado en el amor propio, y la utilidad y recurrió a la educación para efectuar una síntesis del interés público y el privado. En este contexto ideológico se produjo la Revolución Francesa, que para la generación “ilustrada” de Kant significó un espaldarazo definitivo a la creencia de que «el género humano se ha mantenido siempre en progreso y continuará en él».

 

Karl Vogt.

El modelo de materialismo reduccionista y fisiologista cobró fuerza en Alemania con Karl Vogt, para quien «el pensamiento es con respecto al cerebro lo mismo que la bilis con respecto al hígado» (Köhlerglaube und Wissenschaft, 1854), se afianzó gracias a la teoría de la evolución de Darwin (1859) y alcanzó madurez en las obras de Th. H. Huxley (1863; 1882) y Ernst Haeckel (1868/1899). Este último añadió al materialismo científico un componente practico de tipo moral, que pone el objetivo de la vida en el bienestar corporal, el placer y la salud: «el materialismo moral o ético, en el sentido propio de la palabra, es una dirección práctica de la vida que no tiene otro fin que el goce sensible más refinado». Esta versión del materialismo fue tildada de «vulgar» y «dogmática», pero jugó un papel importante en la refutación de las creencias en espíritus y realidades abstractas y trascendentes. Albert Lange (1866) lo critica por su falsa pretensión de extender el saber humano más allá de ciertos límites. Al dar valor objetivo a sus constructos imaginativos, este materialismo antropológico se habría convertido en una «metafísica». Frente a esta crítica, Paul Kurtz ha reformulado en su Eupraxophy (1988) un materialismo antropológico más resistente a las “tentaciones trascendentales” (1866), que compatibiliza el humanismo con los avances científicos del siglo XX (1991).

3) El materialismo histórico es el nombre que F. Engels aplicó a la interpretación histórica del desarrollo social propuesta por Karl Marx en el conocido Prefacio de 1859 a la Crítica de la economía política. Establece que las condiciones materiales de existencia(técnicas de trabajo y producción, relaciones de trabajo y producción) son la base sobre la que se erige la imponente superpestructura de las sociedades reales (su organización política, su derecho, su filosofía y su religión). No se trata de un determinismo económico, sino de una relación dialéctica o circular, pues la ideología conforma y moldea las propias condiciones materiales de existencia. En este sentido Marx mismo demostró en El Capital (Vol. I, 1867) que los conocimientos proporcionados por las Ciencias Naturales se habían convertido en las fuerzas productivas básicas de la nueva sociedad industrial. Marx llamó “modo de producción” al conjunto de las condiciones sociales y de los elementos técnico-materiales de una sociedad. Las relaciones dialécticas entre las distintas fuerzas productivas y las diversas relaciones de producción dan lugar a la sucesión de distintos “modos de producción” (desde el “esclavista”, basado en la mano de obra esclava, hasta el “capitalista”, basado en el trabajo asalariado).

 

Karl Marx.

Marx y Engels dotaron al concepto de materia de una complejidad real y de una pluralidad objetiva, que le apartaron del subjetivismo, al tiempo que subrayaron su carácter dinámico y evolutivo. En este sentido, para el materialismo histórico (Hismat) la conciencia no es el principio determinante de la historia humana, sino un resultado de ésta, que carece de cualquier privilegio. Esta “vuelta del revés” (ümstulpen) de la filosofía de la historia de Hegel apartó definitivamente al materialismo filosófico del idealismo.

No obstante, dentro de la ortodoxia marxista el materialismo histórico era una aplicación del materialismo dialéctico (Diamat), definido por Engels polémicamente (1878/1886) como una ciencia general de las leyes dialécticas del movimiento (la ley de la conversión de la cantidad en cualidad, la ley de la interpenetración de los opuestos y la ley de la negación de la negación). Por encima de ese modelo de materialismo evolucionista y monista, que intentó dar cuenta de los avances de las ciencias naturales en el siglo XIX y que se impuso en la Unión Soviética con Stalin (1938), el materialismo de Marx estudiaba de manera científica la génesis y funcionamiento de las distintas sociedades históricas en su propio contexto. Obras como La lucha de clases en Francia (1850) y El 18 de Brumario de Luis Bonaparte (1851) ilustran la distancia que hay entre esa práctica científica contextual e histórica y el determinismo economicista o el historicismo vulgar que habitualmente se le atribuye. El materialismo histórico es el aspecto más debatido del pensamiento marxista en el siglo XX, no sólo por parte de los autores marxistas que favorecen la visión materialista, como Lukács, Korsch, Labriola, Gramsci, S. Hook (1936) o Althusser, sino también entre sociólogos, antropólogos e historiadores no materialistas (Weber, Mannheim, Merton, Gouldner etc.). Una versión norteamericana que sigue de cerca las huellas del materialismo histórico, añadiendo componentes ecológicos, es el materialismo cultural de L. White (1959) y M. Harris (1982).

4) Bajo la rúbrica de materialismo energetista, formalista o axiológico englobo la posición heterodoxa de quienes han explicado las entidades abstractas de naturaleza «ideal» o «esencial», sin reducirlas al sujeto. Aunque tales entidades abstractas no son corpóreas (v.g. los significados, el espacio proyectivo reglado, el imperativo categórico, los valores éticos y estéticos, los poliedros regulares, etc ) poseen una materialidad por ser relaciones entre entidades de tipo material. Ya en la filosofía aristotélica la materia era causa activa intrínseca (al igual que la forma). Pero también era potencia operativa, de modo que «las cosas que en sí mismas tienen el principio de su génesis existirán por si mismas cuando nada externo se lo impida» (Met., IX, 7, 1049a). Esta autosuficiencia de la materia para desarrollarse da lugar a una tradición heterodoxa, en la que se acuña la expresión de «materia inteligible» (Plotino) y que, pasando por Scoto Erígena (De Divisione Naturae, s. IX) y por Avicebrón (Fons Vitae, s.XII), llega a Nicolás de Cusa, para quien la materia es la «posibilidad indeterminada» en la que existen contraídas la tierra, el sol y las demás cosas del Universo. Frente al concepto de materia como algo pasivo e inerte, Giordano Bruno, seguidor de Copérnico y Galileo, que fue quemado vivo por la Inquisición en 1600, llegó a identificar la materia con la forma, en tanto que principio activo y creador de la naturaleza, pues «esa materia… tiene todas las especies de figuras y de dimensiones y, ya que todas no tienen ninguna, porque lo que es tantas cosas diferentes, es necesario que no sea cosa alguna en particular» (De la Causa, IV, 1598) Los meandros de esta tradición tienden a desbordar el contexto óntico, confundiéndose con el ontológico y el gnoseológico.

Valentin Voloshinov.

Por eso me limitaré a citar dos manifestaciones últimas de este materialismo en el siglo XX, el materialismo formalista ruso de V. Voloshinov (1929), Batjin y otros para quienes el entendimiento y la conciencia sólo pueden realizarse en algún material sígnico, de cuyas relaciones diaméricas es una resultante: «La conciencia individual se alimenta de los signos, crece de ellos, refleja en sí su lógica y sus leyes… Fuera de ese material, resta un puro hecho fisiológico». El materialismo formalista de G. Bueno (1979) explica el privilegio de la lógica formal y sus diferencias con las matemática por la simplicidad de sus signos tipográficos.

 

B) Materialismo Ontológico

 

Tradicionalmente la posición materialista se considera solidaria de la negación de Dios o ateísmo, pero eso no es exacto. En este segundo contexto ontoteológico, Christian Wolf definía como materialistas a «los filósofos que afirman que no existen más que seres materiales o cuerpos» (Psychologia racionalis, 1734) Aceptando esta definición, hay dos maneras de sortear la incompatibilidad entre teísmo y materialismo. La primera consiste en hacer de los dioses entidades corpóreas, como hacen entre otros Epicuro y Hobbes, quienes eran sin embargo ateos prácticos, porque negaban la presencia de causas finales en el cosmos, la idea de una inteligencia creadora y la inmortalidad personal del alma. La segunda, más sutil, además de hacer equivalente “materia” y “cuerpo”, consiste en añadir un principio racional divino que opera causalmente en el mundo, bien disuelto en su interior (panteísmo estoico), bien desde fuera creando átomos (como Tertuliano o Gassendi), bien ordenándolo (deísmo ilustrado), o imprimiéndole fuerza y movimiento a la manera de R. Cudworth y los platónicos de Cambridge, para quienes la materia era de naturaleza plástica, una fuerza viviente que emana de Dios (The True Intellectual System of the Universe, 1678).

Baruch Spinoza.

Si los teístas discípulos de Newton eran sutiles a la hora de aprovechar la ciencia para apoyar sus creencias religiosas, como Henry More, cuando desarrollaba en su Enchiridion metaphysicum (1671) una noción divinizada de espacio y atribuía la animación de la materia a un espíritu natural, sus rivales ateos, también racionalistas, no le andaban a la zaga. En este contexto ontoteológico del siglo XVII emerge B. Spinoza, (1677) quien, aceptando la equivalencia entre Dios, la Sustancia y la Naturaleza en el plano de la ontología general, convierte el ateísmo en una posición inexpugnable. Al identificar a Dios con la totalidad de lo existente, niega significado a las tradicionales distinciones entre materia y espíritu en tanto que realidades diferentes. Bien mirado sólo existe una substancia, que, sin embargo, no es una, sino múltiple, infinita, compuesta de innumerables atributos, de los que conocemos sólo dos: el pensamiento y la extensión. Spinoza no acepta el mito del fantasma que maneja la máquina corporal a través de la glándula pineal (Descartes), ni tampoco el paralelismo psicofísico de los dos relojes monádicos que marcan la misma hora porque existe el Relojero Divino (Leibniz), pues ni el cuerpo ni el alma son sustancias independientes, ya que «idem est ordo et conexio idearum et ordo et conexio rerum» («el orden y la conexión de las ideas es el mismo que el orden y la conexión de la realidad»). En realidad, «yo soy mi cuerpo», y «entiendo por cuerpo un modo que expresa de cierta y determinada manera la esencia de Dios, en cuanto se la considera como cosa extensa». Nunca el ateismo fue tan sutil y tan osado, ni el librepensamiento llegó tan lejos contra la consideración finalista en el universo. Spinoza consuma la inversión teológica de la modernidad, cancela la posibilidad de interpretar los fenómenos religiosos fuera de los límites de la razón (Kant) y anticipa en abstracto los motivos más profundos del materialismo contemporáneo.

 

 

Gustavo Bueno.

Siguiendo la inspiración filosófica spinozista, pero tomando en cuenta el actual desarrollo científico, formula Gustavo Bueno un materialismo ontológico (1972) aún más radical. El materialismo se identifica ahora con el ejercicio de la razón critica filosófica cuando descifra el ensortijamiento o symploké de las ideas que constituyen nuestro presente. Es cierto que la razón filosófica, como contradistinta de la razón científica, de la política y la tecnológica, se ejerce sobre las ideas. Ello no implica idealismo, porque la multiplicidad de las ideas expresa la multiplicidad efectiva de los seres del mundo, en los que aquéllas se realizan. Las ideas son funciones cuyos valores se determinan en cada momento histórico, en función de los objetos en los que se encarnan. El materialismo ontológico-general se opone a la idea metafísica de «universo» como omnitudo realitatis ordenada («totalidad de lo real»), que desemboca en el monismo o en el holismo conciliador, pero no por ello se acepta una multiplicidad sin límite.

 

En el proceso de regressus a partir de lo dado (de los objetos mismos) se llega a alcanzar, como límite, la idea de pluralidad radical (que es la idea de materia general o M). Ahora bien, el materialismo es una alternativa al nihilismo disolvente y no puede quedar prisionero de la idea abstracta e indeterminada de M, sino que debe progresar a partir de ella hacia las realidades mundanas. En este progressus los seres del mundo aparecen organizados en tres géneros ontológico-especiales de materialidad (M1 o conjunto de objetos corpóreos, de «bultos», de objetividades extensivas; M2 o conjunto de materialidades de naturaleza subjetiva —dolores de apendicitis, vivencias, &c.—, dadas en el «fuero interno»; y M3 o conjunto de relaciones materiales de naturaleza «esencial», no propiamente subjetivas, aunque tampoco corpóreas, pero sí objetivas). El materialismo ontológico de G.Bueno se opone a todo «reduccionismo», porque la tesis de la inconmensurabilidad de los géneros especiales de materialidad destruye la pretensión «formalista» de reducir unos a otros.

El materialismo filosófico mantiene viva la crítica filosófica contra la religión desde un ateísmo militante. No obstante, frente a la «crítica ilustrada», sostiene que la religión no es un engaño de los sacerdotes, ni el «opio del pueblo», sino que se ha originado en la relación de los hombres primitivos con los grandes animales del Pleistoceno, que proporcionaron a la humanidad, además de «proteínas», experiencias originarias de relación con los númenes (El animal divino, 1985). Que la religión haya acompañado a la humanidad con asiduidad a lo largo de su evolución no se debe ningún culturgen religioso, ni a una experiencia fenomenológica de lo sagrado, sino al prolongado contacto del hombre con animales depredadores a los que puede cazar, pero para los que también puede convertirse en presa. De ahí que el revival de las religiones venga acompañado de un nuevo culto hacia los animales y de representaciones de extraterrestres zoomorfos. El ateísmo no consiste en reconocer que el hombre hizo a los dioses a su imagen y semejanza (Jenofanes o Feuerbach), sino en entender que el hombre fabricó sus dioses a partir de los animales. Más que destruir la divinidad, ignorándola, la ontología atea «recupera y reinterpreta desde el materialismo» la masa inmensa de contenidos culturales que muchos consideran «errores espiritualistas o idealistas». Por ejemplo, la «preferencia por el estado gaseoso de la materia» está en la base del espiritualismo, y el dogma de la resurrección de la carne o el culto al cuerpo de Cristo muestran el trasfondo corporeísta del dogma católico.

 

 

 

C) Materialismo Gnoseológico

El materialismo gnoseológico, por último, consiste en negar que la materia quede contenida dentro de la conciencia o ámbito epistemológico del mundo. Su opuesto será el «inmaterialismo» o afirmación de la subsistencia del ámbito epistemológico mundano al margen de la materia. Podemos reconocer el rendimiento de este tercer contexto repasando cómo se ha ido forjando en la historia de la filosofía un materialismo metodológico desde Hobbes hasta Carnap. Para Hobbes, en efecto, el conocimiento de una cosa es siempre conocimiento de su génesis. Como quiera que la génesis es movimiento y el movimiento implica el cuerpo, el único objeto posible del saber humano es el cuerpo orgánico y la filosofía se divide en dos partes, la filosofía natural (que estudia la naturaleza desde el mecanicismo) y la filosofía civil, que estudia el cuerpo social o sociedad (De Corpore, 1655).

 

En los antípodas del naturalismo se halla el empiriocriticismo de Ernst Mach, que aparece más como un fenomenismo radical que como un materialismo. Sobre la noción de «experiencia pura» de Avenarius, Mach (1900) interpreta el conocimiento científico como estudio de las relaciones fenoménicas, en los que la materia no se conoce como tal, al convertirse en «una determinada relación de los elementos sensibles en conformidad con una ley» Lenin (1909), a su vez, consideró este subjetivismo como inmaterialista. Apelando a Berkeley (1736), que llamaba materialistas a todos los que reconocían la existencia de la materia (incluidos Platón y Aristóteles), Lenin tilda de «idealistas» a quienes niegan existencia a cualquier realidad exterior a su conciencia. Al defender que «hay cosas que existen independientemente de nuestra conciencia, independientemente de nuestras sensaciones, fuera de nosotros», suscribió un «materialismo esencialista» opuesto a las tentaciones del psicologismo, que aparece gnoseológicamente como un «inmaterialismo esencialista».

Pero el tour de force del materialismo gnoseológico es alcanzar una correcta comprensión del conocimiento científico, para contrarrestar el enorme éxito gnoseológico del «idealismo objetivo» desde Platón al Neokantismo (Windelband, Cohen, Rickert, etc). Desgraciadamente, los esfuerzos del «neopositivismo lógico» han fracasado por su actitud lingüística (sintáctica y semántica) que evacúa los contenidos materiales de la ciencia e ignora las actividades prácticas de los propios científicos. El «fisicalismo» de Carnap (1932-3) quedó varado en los «enunciados protocolares» que supuestamente describen los datos trasmitidos por los sentidos. La tesis de la «ciencia unificada» (Neurath) es un programa reduccionista que no garantiza el materialismo, como lo demuestra el teoreticismo de Hempel y la eclosión «idealista» de la «nueva filosofía postpopperiana de la ciencia» (Kuhn, Feyerabend, Lakatos, &c.). En este contexto, los encomiables esfuerzos del materialismo analítico apenas logran mantener a flote el materialismo psicofísico como reducto (J.J.C. Smart «materialism», 1963; D. Armstrong, 1968: y P. Churchland, 1984). El prudente «enfoque sistémico, semántico y socialista» de Mario Bunge (A World of Systems, 1982), aunque reconoce la importancia de la sociedad huésped y la necesidad de postular realidades físicas como correlatos ontológicos para la verdades científicas en su semántica, sigue prisionero del proposicionalismo positivista.

Para explicar la naturaleza de la ciencia hay que aceptar que el proceso de manufactura de proposiciones combina elementos heterogéneos (aparatos técnicos y destrezas tácitas). Esta fabricación corporeizada se opone a las tesis idealistas que ponen la génesis de las ciencias en la filosofía o en una tradición cultural determinada, bien en versión evolutiva (de Comte a Popper) o en la dialéctica del «corte epistemológico» (Bachelard, Althusser Canguilhem, &c.) Reforzando la tesis marxista del origen técnico de las ciencias (Ogburn, Basalla, etc.), el materialismo gnoseológico demuestra que las ciencias fluyen de actividades culturales concretas y diversas (la geometría de la agrimensura, la mecánica de la guerra, la hidráulica de la navegación, la lingüística de la traducción, etc.) En esta misma línea la llamada teoría del cierre categorial (1976/1994) de Gustavo Bueno establece que la conexión entre el plano de los hechos y el de las teorías constituye la esencia misma del proceso constructivo de las verdades científicas que no son analíticas, sino «identidades sintéticas». Y es que no es posible construir nuevos enunciados científicos al margen de la producción de nuevas realidades objetivas (vitaminas, plásticos, láser, máquinas, etc). En los últimos decenios el materialismo gnoseológico se alinea con el constructivismo, y en la versión del cierre categorial sostiene su carácter operatorio, quirúrgico,: pues, por un lado, «la unidad de la ciencia es el resultado del proceso operatorio mismo, cuando un sistema de operaciones alcanza un cierre» (1976); mientras por otro, los múltiples objetos materiales de un campo científico no existen al margen de las actividades de producción que realizan los científicos cuando construyen equipos de investigación o fundan instituciones de «reproducción científica».

Para el materialismo gnoseológico las ciencias no tienen objeto formal, sino campos de objetos heterogéneos. Por ejemplo, la biología no se ocupa de la vida, sino de tejidos, órganos, células, ácidos nucleicos, etc. Al definir la ciencia como una institución social, el materialismo constructivista no pretende hacer sociología, sino romper con la autolimitación característica de las concepciones idealistas y formalistas que se niegan a salir de los «contextos de justificación». Además no hay una sola ciencia unificada. Las ciencias son vastas redes de escrituras materiales diversas que se despliegan a través de las interacciones ejecutadas en los experimentos (Hacking), en la interpretación de inscripciones (Knorr-Cetina y Pinch), en la escritura de informes y artículos (Myers), etc. Mediante análisis de trozos concretos de ciencias reales (geométricos, geológicos, termodinámicos, económicos, antropológicos) el materialismo gnoseológico del cierre categorial integra los aspectos históricos y lógicos de las ciencias gracias a un aparato conceptual de una complejidad que rivaliza, no ya sólo con el idealismo, sino con el de la realidad analizada.

 

BIBLIOGRAFIA

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CARNAP, R.: «Psychologie in physikalischer Sprache», Erkenntnis, 1932-3
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HUXLEY, Th. H.: Man’s Place in Nature, London, 1863; Science and Culture, London, 1882
JANET, P.: The Materialisme of the Present Day (ver. Inglesa de G. Masson, 1865)
KURTZ, Paul: The Transcendental Temptation: A Critique of Religion and the Paranormal, Prometheus, 1886; Living Without Religion: Eupraxophy, Prometheus, 1988; Philosophical Essays in Pragmatic Naturalism, Prometheus Book, Amherst, N.Y. 1991
LANGE, Albert: Geschichte des Materialismus, Berlin, 1866
LA METTRIE, .O. de: L’ Homme machine, Elie Lizac, Leyden, 1748
LENIN, V.I.: Materializm i empiriokriticizm. Moscu, 1909
MACH, E.: Analyse der Empfindungen, 1900 (Vers. Esp. En AltaFulla, Barcelona).
OSTWALD, G.: Die Überwindung des wissenschaftlichen Materialismus.
PEÑA, Vidal: El materialismo de Spinoza, Revista de Occidente, Madrid, 1974,
SPINOZA, B.: Etica, more geometrico demostrata, 1677 (Vers. Esp. En Alianza, Madrid)
STALIN, J.: Materialismo dialéctico y materialismo histórico, Progreso, Moscu, 1938
VOLOSHINOV, V.: «El estudio de las ideologías y la filosofía del lenguaje» en Emil Volek, Antología del formalismo ruso y del grupo de Batjin, Fundamentos, Madrid, 1995.
WHITE, L.: The evolution of culture: the development of civilization to the fall to Rome, Mcgraw-Hill, New York, 1959.

 

Extraído de la muy recomendable bitácora: http://defensamaterialismo.blogspot.com/

Comentarios

  • Confusión  On 8 mayo 2008 at 11:23 am

    Lo que dice Alberto Hidalgo es una confusión completa, pues el materialismo filosófico no empieza en Boyle. Una cosa es el término materialismo, utilizado polisémicamente, y otra el sistema filosófico de ese nombre, desde el que se clasifican las distintas perspectivas materialistas. Lo que dicen Lamettrie, Vogt y otros pueden ser materialismo filosófico, pero sólo desde el Materialismo Filosófico pueden reconocerse como tales materialismos.

  • jangelfmera  On 15 mayo 2008 at 5:06 pm

    No se puede acceder al blog que recomiendas. El blog “sólo admite a lectores invitados”. ¿A quién hay que solicitarle la invitación?

  • santiagoarmesilla  On 15 mayo 2008 at 5:13 pm

    Jangelfmera: ¿ Qué blog ? :S

  • jangelfmera  On 16 mayo 2008 at 6:58 am

    Bajo el texto de Alberto Hidalgo, has añadido:

    “Extraído de la muy recomendable bitácora: http://defensamaterialismo.blogspot.com/

    A ese blog (a esa bitácora) me refiero.
    Pincho sobre el vínculo y accedo a la página principal de http://www.blogger.com. Se me pide que me identifique con una cuenta de google para acceder a la lectura. Uso una cuenta de gmail (supongo que una cuenta de google es una cuenta de gmail), pero me rechazan. Me dicen:

    “No parece que te hayan invitado a leer este blog. Si crees que se trata de un error, es posible que desees ponerte en contacto con el autor del blog y solicitar una invitación”

    Y de ahí que te preguntara sobre la invitación, sobre a quién había que pedírsela. Por tu sorpresa, me parece, se me ocurre, que quizá hay que tener editado un blog, una bitácora, para acceder a http://defensamaterialismo.blogspot.com/. He seguido enredando en blogger y todos mis intentos de entrar acaban remitiendo a lo que parece ser un formulario para editar un propio blog.
    Y yo no quiero eso.

    (A “CiberAmérica”, o a “Club Jacobino”, ambas residentes también en blogspot.com, sí puedo acceder)

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