Carlos Javier Blanco y su alter ego “Balmaseda”

Izquierda Hispánica vuelve a incumplir su promesa de no actualización en dos semanas otra vez por causas de fuerza mayor. Un tal juanlu nos acusa, entre otras cosas, de pedante, “tercera vía”, etc. Es decir, adjetivos sin ningún fuste sin teorizar absolutamente nada. Copia y pega, además, unos artículos aparecidos en la web perroflauta “Kaos en la red”, conocida por su izquierdismo indefinido y su simpatía por el neofeudalismo, firmados por un tal Carlos Balmaseda, antiguo contertulio del Foro La Séptima Izquierda, expulsado del mismo por insultar, y habitual del Foro de Izquierda Unida. En realidad este señor se llama Carlos Javier Blanco, un conocido separatista asturiano cuya máxima aspiración en la vida consiste en “refutar” el materialismo filosófico.

Su verdadera personalidad fue reconocida mediante el conocimiento de la IP de ambos firmantes en internet, la cual era la misma. José Manuel Rodriguez Pardo le destapó y refutó todas sus acusaciones. Aquí está su magnífico artículo. Para ver más refutaciones a los textos de Carlos Javier Blanco leer los comentarios a sus artículos en la web “Kaos en la red” (¿ se es más de “izquierdas” por escribir todo con K’s ?):

Carlos Javier Blanco Martín
y su alter ego «Balmaseda»

José Manuel Rodríguez Pardo

Informe sobre las últimas actuaciones de Carlos Javier Blanco Martín, asturiano «desterrado» cuya principal obsesión es refutar el materialismo filosófico

Introducción

El jueves 30 de Noviembre de 2006, a las 8:25 de la tarde, en el foro de discusión de la coalición izquierdista indefinida Izquierda Unida (en realidad partícipe de la viscosa ideología de la socialdemocracia), un forista identificado con el seudónimo «lechuza_de_minerva» (suscrito ese mismo día y con sólo un mensaje en su haber, curiosamente), aprovechando el anonimato que en foros más rigurosos —como los foros de nódulo materialista— no está permitido, inicia un tema nuevo titulado «El viaje de Bueno a la derecha», donde se pretende criticar las últimas posiciones de Gustavo Bueno en su reciente libro, Zapatero y el Pensamiento Alicia:

«En esta entrevista de la televisión asturiana Bueno expone la vaguedad filosófica de las declaraciones de Zapatero, cosa en la que puedo estar de acuerdo sin omitir que el discurso político de las democracias mediáticas es simple. La cuestión es que preguntado por las derivaciones políticas inducidas de tal concepción pone como graves ejemplos el proyecto gran simio y la legalización de los matrimonios homosexuales. Las siguientes palabras, que se pueden escuchar al final de la entrevista, no tienen desperdicio:

“es tal confusión de ideas-refiriéndose a que se llame matrimonio a la unión jurídica de dos homosexuales-, tal distorsión… y además todavía está por ver que va a pasar con esos niños-en relación a que los homosexuales puedan adoptar-…es ignorar lo que significa el matrimonio a lo largo de casi 6000 años que conocemos de documentos antropológicos…es ignorancia pura… es ingenuidad… es improvisación… es sencillamente una ligereza de tal calaña que ella sola sería suficiente para derribar al gobierno a mi juicio…más grave esto que la guerra de Irak”

http://www.fgbueno.es/med/2006tv05.htm

He mantenido la discusión con varia gente sobre el giro a la derecha de Bueno y siempre me lo niegan. Suelen sacarme un artículo que el insigne comunista Laso Prieto sacó sobre esta cuestión hace 3 años defendiendo un Bueno de izquierdas. ¿Se puede seguir manteniendo eso después de oír cosas como estas?».

Este mensaje da pie inmediatamente a que otros foristas hablen de Gustavo Bueno como «un nuevo Hegel», «esbirro del imperio», «inculto» por criticar el «matrimonio homosexual», en un ejemplo de indigencia intelectual bastante importante en nuestras izquierdas indefinidas, &c, descalificaciones en la línea de lo que el propio Bueno ha denunciado en el Prólogo futurible y sus adiciones respecto a Zapatero y el Pensamiento Alicia.

Carlos Javier Blanco Martín entra en acción

El Martes 1 de Diciembre de 2006, a las 8:44 de la tarde, interviene en el tema un forista llamado «Balmaseda», suscrito el 3 de septiembre de 2006, con el siguiente mensaje:

«Las declaraciones de Gustavo Bueno son impresentables. No hay ninguna forma de maquillarlas, ni siquiera como propias de una fantasmagórica “séptima izquierda”. Gustavo Bueno hizo su último gran libro con el volumen nº 5 de la “Teoría del Cierre Categorial”. A partir de ahí ha entrado en una decadencia irreversible, lo mismo que su escuela. Sólo hace falta comparar los artículos aparecidos en la antigua revista “El Basilisco”, donde había un gran nivel filosófico y científico, y los panfletos publicados habitualmente en la página de “El Catoblepas”, donde ya no hay aplicaciones creativas de la Teoría del Cierre Categorial a las distintas ciencias y campos categoriales, sino sólo arengas políticas en las que se insulta sistemáticamente a todas las izquierdas mundiales, donde se defiende a Pío Moa, Jiménez Losantos y César Vidal, se intenta rehabilitar la figura de Franco, y se mantiene casi punto por punto el ideario de la FAES, la COPE y la Santa Madre Iglesia Católica. No es de extrañar que la Escuela de Bueno cuente hoy con tantísimos disidentes (casi todos los que escribían en “El Basilisco”). En la página de “El Catoblepas” escriben hoy mayoritariamente profesores de filosofía muy jóvenes o recién salidos de la facultad, con una muy escasa formación en ciencias empíricas y con un único interés: escribir panfletos políticos de bajísimo nivel filosófico (salvo excepciones contadas).

A mí me da mucha pena y tristeza que el autor de obras maestras como Ensayos Materialistas, Teoría del Cierre Categorial, El Animal Divino, Etnología y Utopía, y de una obra tan interesante como El Mito de la Cultura (también interesantes, pero básicamente fallidas, son España frente a Europa, El Mito de la Izquierda y España no es un mito), defienda hoy posturas sobre el aborto, la homosexualidad, la pena de muerte, la religión, etc., que son más propias del Pleistoceno. Es una muestra más de que también a los genios les llega su declive.

P.D.: Por supuesto que merece la pena gastarse unos euros en las obras de Gustavo Bueno, al menos en las clásicas. Sus recientes desbarres no quitan que haya sido (hace años) un gran filósofo».

Intervención que recuerda mucho a la de Carlos Javier Blanco Martín en su famoso artículo «El declive del materialismo asturiano» criticado por Sharon Calderón Gordo en su artículo de El Catoblepas, «La expansión del materialismo filosófico», así como otros criticados por nosotros en «De Octubre de 1934 a Octubre de 2004, con el antifranquismo y el nacionalismo como trasfondo» y el dedicado al agente asturianista Fernando G. R.: añoranza de la época de la «clásica» Teoría del Cierre Categorial (que por cierto aún sigue en proceso, y esperamos en breve la publicación del Tomo VI, así que menuda añoranza la de algo que aún está por venir), y descalificación sobre las cuestiones de la eutanasia procesal, la homosexualidad, y todo lo que tenga que ver con la tercera oleada del materialismo filosófico (de El Mito de la Cultura en 1996 en adelante), por ser publicadas en obras «fallidas». Y es que Carlos Javier Blanco Martín (Gijón, 1966), como sabemos bien por el seguimiento realizado por varios autores de El Catoblepas, se había mantenido en la órbita de la segunda oleada del materialismo filosófico, pero decidió asumir su «destierro» como asturiano en Ciudad Real, ejerciendo las labores de profesor de instituto. Después de aquellas fallidas diatribas, decidió el 3 de septiembre de 2006 suscribirse a los foros de Izquierda Unida bajo el seudónimo citado de «Balmaseda», donde encontró una nueva ocasión para afilar sus garras contra el materialismo filosófico.

Tras una serie de mensajes de felicitación de otros foristas, agradecidos por Balmaseda-Carlos Javier Blanco, quien incluso llega a decir paradójicamente que «la “izquierda jacobina” está en las antípodas de lo que ahora defienden Don Gustavo Bueno y su Escuela [¿acaso los jacobinos no utilizaron la pena capital para defender la revolución? ¿Eran «propias del Pleistoceno» las ejecuciones jacobinas contra los contrarrevolucionarios?]», prosigue defendiendo cosas tan curiosas como que Gonzalo Puente Ojea es marxista, algo sorprendente para quien haya leído sus afirmaciones sobre el materialismo filosófico o sus intervenciones como «intelectual antiimperialista», donde constantemente defiende tesis positivistas.

Posteriormente, tras tantos empalagosos halagos y sus respectivas correspondencias, el sábado 2 de diciembre de 2006, a las 10:33 de la mañana, Balmaseda-Carlos Blanco escribe su particular reseña sobre el libro Zapatero y el pensamiento Alicia:

«Acabo de leer Zapatero y el Pensamiento Alicia, y me parece un libro sencillamente deleznable. Bueno se ha convertido en un vulgar panfletario político neocon. Aun cuando Bueno pueda tener razón al señalar el simplismo casi infantil de la filosofía de Zapatero (“todo se arregla con el consenso y la buena voluntad de las gentes”, “no vivimos en el mejor de los mundos posibles pero podemos conseguirlo fácilmente con sonrisas y con buen talante”, “todas las opiniones e ideologías son respetables”, “España y los demás países occidentales son democracias perfectas que deben educar con buenas maneras a los países no democráticos”, “el problema de EEUU es sólo que algunos de sus líderes políticos están un pelín equivocados en algunas decisiones de política exterior”, “los grandes capitalistas y los currantes explotados deben vivir en paz y en buena armonía por medio del diálogo y la colaboración mutua”, “to er mundo e güeno” y otras ideas simplonas de la ideología zapateril), lo cierto es que Bueno al final no critica lo más criticable del PSOE, es decir, aquello en lo que coincide punto por punto con el PP y con los intereses del Gran Capital Europeo y Norteamericano. E incluso pasa de puntillas sobre la obvia contradicción existente entre las declaraciones ideológicas explícitas del PSOE y su actuación real: a Bueno no le preocupa en absoluto esta actuación, sino sólo que no se corresponda con las manifestaciones públicas de los dirigentes del PSOE. Así, Bueno está totalmente de acuerdo con el envío de tropas a Afganistán y con la política neoliberal del PSOE: lo único que Bueno critica es el discurso público del PSOE intentando camuflar dichas actuaciones. Por otro lado, se une al discurso paranoide y apocalíptico de Jiménez Losantos y la COPE sobre el supuesto proyecto de “destrucción de España”».

Curiosa forma de argumentar: tras descalificar el libro sin aportar argumentos más allá de las descalificaciones de otros foristas, demuestra que no ha leído el Epílogo del libro que reseña, donde claramente se insiste en que el Pensamiento Alicia desemboca en mala fe: tan simple es en sus planteamientos, que es plenamente consciente de su falsedad y su doblez: se pide la paz pero se envían cada vez más tropas, por hablar del ejemplo de Blanco. Pero, lejos de admitir sus errores, no asume sus culpas por segregar tales doctrinas, sino que culpa a los demás de los males del mundo: la guerra de Iraq sería consecuencia del egoísmo de los petroleros tejanos, y no de las necesidades históricas de las potencias globalizadoras. Y en eso da igual si se está de acuerdo o no con los envíos de tropas o con las guerras; lo que importa es por qué se envían tales tropas. ¿No tiene nada que ver que España se encuadre en los países de la OTAN? ¿Qué puede hacer Carlos Javier Blanco para evitar esa situación?

Sobre la «destrucción de España», para que Carlos Javier Blanco tome nota, debería leerse con atención la segunda pregunta de España no es un mito, «¿España amenazada?», donde se distingue entre la amenaza formal de los nacionalismos fraccionarios, que puede ser retórica, pero que está auspiciada por una amenaza material (no reconocida explícitamente) que pone en peligro la persistencia de España: la Europa del Capital (expresión que tanto gusta a Carlos Javier Blanco Martín y a los de su especie), que podrá negociar con mayor facilidad con estados débiles y pequeños que contra grandes estados. Si esto tiene algo que ver con lo que dice Jiménez Losantos, que nos lo indique Blanco con precisión, y si no, que calle para siempre. Aunque parece que no está muy dispuesto:

«Lo único que Bueno critica con contundencia es precisamente lo poco salvable (aun con muchas matizaciones) del pensamiento de Zapatero: el reconocimiento de plenos derechos a las personas homosexuales, la extensión de derechos a nuestros primos hermanos los primates superiores (algo que la propia Teoría de la Evolución de Darwin reclama y exige), las declaraciones de carácter pacifista (aunque aquí Bueno critica con acierto la hipocresía del PSOE al criticar la guerra de Irak y a mismo tiempo enviar tropas a Afganistán y convertir al suelo español en una gran base para el ejército y los servicios secretos americanos), la (muy tímida) defensa del laicismo en la escuela, y la acertadísima idea de la “alianza de civilizaciones” (aunque luego ésta se quede en papel mojado y en una mera declaración retórica)».

Carlos Blanco, haciéndose eco del Pensamiento Alicia, supone que la extensión de presuntos derechos de los simios es una cuestión científica. ¿Qué tendrá que ver la similitud etológica y por lo tanto genérica, de los seres humanos con los simios, para que se les apliquen unos derechos que, en tanto que parte de instituciones como Estado, desbordan por completo su situación biológica? Precisamente esto es lo que Bueno aclara en uno de los capítulos de Zapatero y el Pensamiento Alicia, pero Carlos Blanco simplemente lo descalifica por ser algo «poco científico». Se entiende entonces que sienta tanta admiración por el positivismo de Gonzalo Puente Ojea y su descalificación a algunos autores de El Catoblepas por su «muy escasa formación en ciencias empíricas» [sic]. De la Paz Perpetua y la Alianza de Civilizaciones, para qué hablar. Que un «marxista» defienda cuestiones propias del krausismo armonista del siglo XIX nos deja sin palabras. Sobre el «matrimonio homosexual», hablaremos más adelante.

Y ya por último, para mostrar su gran originalidad, Carlos Javier Blanco Martín cierra su mensaje acusando a Gustavo Bueno de hacer seguidismo de la política del PP [sic], atribuyéndole el oportunismo propio de la socialdemocracia (que él mismo debiera asumir, por otro lado):

«Es decir, lo que hace Bueno, ante el enfrentamiento entre los dos grandes bloques de la oligarquía financiera y terrateniente española, representados políticamente por el PP y el PSOE, es tomar partido por uno de ellos, el del PP y los grandes monopolios norteamericanos: en sus últimos libros, Bueno señala que es necesario “tomar partido” y apunta (a veces con una ambigüedad sibilina) que es necesario hacerlo por quien detenta el máximo poder, pues de los contrario se caería en un “idealismo pueril” propio de desadaptados. Esto no es más que un signo claro de oportunismo y de arribismo. La máquina mediática del poder oligárquico atiza esta división entre los dos grandes sectores oligárquicos, propagando la idea de que hay que estar o con uno o con otro, y que no cabe ninguna alternativa a los mismos. O con el PP o con el PRISOE: fuera de ellos no existe nada, y quien ataque a los dos por igual se arriesga a la “muerte social”, a la marginación y a convertirse en un paria absoluto. El poder oligárquico pretende que fuera del PP y del PRISOE sólo exista el infierno y la soledad más trágica.

Pero algunos preferimos transitar y vivir en ese infierno a demostrar la escasa dignidad ética e intelectual de Don Gustavo y de otros como él, situados tanto en la “derecha” como en la “izquierda” del Régimen».

Otros foristas comentan a continuación su larga diatriba y señalan que Bueno, al hablar sobre el proceso de formación del franquismo y su característica de acumulación capitalista (en un inequívoco análisis de raigambre marxista) «se sube al carro del revisionismo». Increíble que se piense así sobre un análisis realizado desde coordenadas propias del materialismo histórico, aunque no tanto si se analiza con detenimiento la deriva socialdemócrata de la coalición Izquierda Unida.

También se habla de que, según Bueno, «cualquier intento de crítica o de oposición al imperio desde la izquierda es inútil, pueril e idealista, a no ser que la izquierda se haga prochina», confundiendo de manera lamentable el tomar partido por una tesis determinada —la Historia Universal es la Historia de los Imperios— con la elección de partido político. Para ellos, dado su escaso discernimiento, señalar que China es una amenaza al imperio de Estados Unidos es necesariamente hacerse prochino, infamia que es aprovechada por Balmaseda-Carlos Javier Blanco, el mismo 2 de Diciembre a las 12:28 de la mañana, para decir que:

«Se sobreentiende que, si en los próximos años China superase económica y militarmente a los EEUU, Gustavo Bueno dejaría inmediatamente de ser pro-americano y se haría pro-chino: ése es el sentido de su “estar a la espera” respecto a China»

Lo que considera «positivismo histórico, idealismo, relativismo y nihilismo son los rasgos que caracterizan la concepción imperial de la historia y de la razón defendida por Don Gustavo Bueno» [sic].

Asimismo, en un claro ejemplo de tergiversación, señala que

«Don Gustavo no profesa adhesión a ninguna ideología ni a ninguna doctrina política concretas (o, al menos, no de manera permanente): sencillamente se limita a observar el estado del mundo, verificar cuál es la máxima potencia mundial, prestar su apoyo a ésta (un apoyo condicionado a los futuros éxitos económicos, políticos y militares que la permitan mantenerse como potencia mundial hegemónica), y al mismo tiempo “estar a la espera” respecto a potencias emergentes, con el fin de prepararse para el inmediato cambio de chaqueta si dichas potencias emergentes consiguen hacerse hegemónicas en un futuro más o menos próximo. Como dice Don Gustavo, él no es “ni de izquierdas ni de derechas”: tan sólo presta su apoyo a quien es el más fuerte en un determinado momento histórico, y nada más. El más fuerte lleva siempre la razón (¿no podríamos llamar a esto el “pensamiento Alicia buenista”, dada su extrema simplicidad?). »

Y es que la «extrema simplicidad» de tal afirmación está más bien en el lado de Carlos Blanco. ¿Desde cuándo Gustavo Bueno ha tomado partido por nadie para «cambiar de chaqueta»? Sería mucho decir eso de quien presentó su proyecto de sistema filosófico ya en 1972 con Ensayos materialistas (aprovechando la base que aportaba El papel de la filosofía en el conjunto del saber, publicado en 1970). Y ya entonces se hablaba de la Unión Soviética y se la comparaba con la Iglesia católica, en tanto que «organizaciones sociales totalizadoras» que buscaban extenderse a toda la Humanidad, ya fuera por medio de la revolución o la evangelización. Sin duda que este concepto tiene mucho que ver con el de Imperio Generador, que tiene una justificación filosófica (no ideológica, aunque para un marxista vulgar como Blanco, Filosofía e ideología se identifican) y del que hablaremos más adelante.

Blanco, obcecado en desmentir su presunto materialismo histórico, afirma de la Filosofía de la Historia del materialismo filosófico que «en realidad se trata del más viejo y rancio positivismo histórico decimonónico, como el defendido por Hegel en su última etapa. Se trata de una postura idealista y, en el fondo, nihilista: la Verdad no existe, sino que sólo se impone por la fuerza de la dominación militar, política y económica. Como lo Real es Racional, los Imperios que consiguen la hegemonía planetaria están del lado de la Razón y la Verdad mientras dura dicha hegemonía, y pierden la Razón y la Verdad a raíz de su caída y colapso finales».

A esta afirmación tan extravagante habría que responder diciendo, según los cánones de la racionalidad del materialismo histórico, que la verdad es lo que está hecho, como se señala en la Tesis 2 sobre Feuerbach, luego ese dominio de distintas sociedades históricas sobre las demás es «Verdad» simplemente porque se produce. Y esa «dominación militar, política y económica» no es producto de ningún pensamiento absoluto, sino un producto de la propia historia: la Historia la escriben los vencedores. ¿Desde cuándo un marxista puede despreciar condiciones materiales tan importantes como las militares, políticas y económicas? Mucho idealismo se aprecia en tan curioso personaje.

Carlos Javier Blanco Martín se delata

Después de esta entrada triunfal, la discusión prosigue acerca de la distinción entre una presunta «derecha buenista» frente a una «izquierda buenista», con enlaces a los foros de nódulo para intentar demostrarlo, lo que Balmaseda-Carlos Javier Blanco niega el mismo 2 de Diciembre, a las 4:48 de la tarde, afirmando:

«Como ex-discípulo de Gustavo Bueno, pienso que puedo hablar con conocimiento de causa sobre este tema. Yo no creo que exista una “izquierda” y una “derecha” buenista. Por una sencilla razón: en la Escuela de Gustavo Bueno, quien discrepe mínimamente con el Maestro (incluso en detalles aparentemente insignificantes) es inmediatamente expulsado y/o marginado. No existe ninguna acta de expulsión, claro está, pero al “hereje” se le somete de inmediato a un proceso de marginación académica y personal, y si reincide en su postura es sometido al correspondiente juicio público en las páginas de la revista digital “El Catoblepas” o en otras publicaciones afines. En dichos juicios públicos, además de llevar a cabo la contrarréplica dogmática apoyada en las obligadas citas del Maestro, se lanzan insultos y descalificaciones personales contra el “hereje”: “ignorante”, “idealista” y “malintencionado” son los calificativos más habituales para todo aquél que ose llevar a cabo la más mínima crítica. En ocasiones incluso se hacen diagnósticos psicológicos y psiquiátricos sobre el aludido, e incluso se invita a los críticos del buenismo a visitar al psiquiatra (siguiendo en esto una antigua costumbre de Don Gustavo). La intención es clara: no sólo se trata de “responder” a las críticas, sino de dar completamente por desahuciados a los críticos. […]».

Realmente resulta increíble que considere una suerte de «autos de fe» los debates y polémicas que se producen en esta revista. Resulta el colmo suponer que las críticas a autores que siempre se han dedicado a escribir libremente sus propias opiniones en periódicos y libros (en lugar de aprovechar El Basilisco o El Catoblepas para ello), sin que nadie les haya enfrentado, como Alberto Hidalgo, constituya «un proceso de marginación académica y personal», y que «si reincide en su postura es sometido al correspondiente juicio público en las páginas de la revista digital “El Catoblepas” o en otras publicaciones afines». ¿Tanta potencia se le supone al materialismo filosófico como para marginar a nadie? Al contrario, lo que ha sucedido es que quienes se han sentido incómodos con el materialismo, en lugar de afrontar una crítica en forma y respondiendo a argumentos concretos y directos, han preferido salir huyendo (como Fernando Pérez Herranz, que clausuró su sección Arco de medio punto por unas críticas realizadas por Pedro Insua y Atilana Guerrero a sus planteamientos sobre España y los judíos que difícilmente entrarían dentro de lo que Balmaseda-Carlos Javier Blanco descalifica como «buenismo ultraortodoxo»). En otros casos, simplemente aluden de manera críptica e indirecta en otros medios, como intentando criticar sin nombrar para que nadie les salga al paso. No debemos olvidar la famosa cita que realizó Hidalgo en una revista universitaria, ya criticada por Tomás García López donde suponía a Gustavo Bueno miembro de Falange Española, negándose a una crítica in recto de las cuestiones planteadas por Tomás García. Tampoco tenemos constancia de que Carlos Javier Blanco Martín planteara ninguna crítica ni que sufriera ningún «auto de fe» por ello, por lo que debemos deducir que se trata de una justificación ad hoc para no entrar a fondo en la temática del materialismo filosófico.

Después Blanco-Balmaseda habla del «carácter fuertemente dogmático y sectario de la Escuela Buenista», enunciando asimismo que no hay «tendencias ni corrientes internas dentro de ella. Como he dicho, cualquier crítica implica de inmediato la expulsión de facto. Existe la Escuela de Bueno, el núcleo duro, que hoy —encabezada por el propio Bueno— se alinea claramente con la derecha política y mediática, y luego un rosario de disidentes», para luego citarse a sí mismo junto a una serie de «herejes»: «Carlos Javier Blanco Martín, Manuel Delgado, Alberto Hidalgo Tuñón, Juan Bautista Fuentes Ortega (éste ha intentado retractarse públicamente), Pilar Palop Jonqueras, Tomás Fernández Rodríguez, Julián Velarde Lombraña y David Alvargonzález. Casi todos ellos son profesores de Filosofía, o de Antropología (Manuel Delgado) y Psicología (Tomás Fernández)». Y tras esta fantástica clasificación procede a las pertinentes matizaciones:

«Carlos Javier Blanco y Manuel Delgado se han distanciado de Bueno por la postura de éste respecto a los nacionalismos y la izquierda. Alberto Hidalgo ha criticado la postura de Bueno sobre la pena de muerte, el aborto y la guerra de Irak, y ha defendido el “humanismo laico” de Paul Kurtz. Juan Bautista Fuentes rebatió las tesis fundamentales expuestas por Bueno en España frente a Europa. Pilar Palop se atrevió nada más y nada menos que a defender la Epistemología Genética de Jean Piaget y a proponer su fusión con la Teoría del Cierre Categorial. Tomás Fernández criticó el desprecio de Gustavo Bueno hacia la Psicología y se atrevió a decir que la antropología filosófica de Bueno defendía un concepto pasivo del sujeto; también reivindicó al psicólogo funcionalista James Mark Baldwin y criticó la Teoría Sintética de la Evolución por su mecanicismo geneticista, proponiendo en cambio un nuevo darwinismo que tuviera en cuenta la actividad psicológica de los organismos. Julián Velarde defendió el agnosticismo frente al ateísmo de Bueno. David Alvargonzález criticó la definición de Bueno de las Ciencias Humanas como “ciencias que incluyen dentro de su campo de estudio las operaciones de los sujetos”, proponiendo en cambio esta otra definición: “ciencias que incluyen dentro de su campo de estudio las operaciones mediadas por símbolos de los sujetos”. Todos ellos se han convertido en “herejes” y han perdido en mayor o menor grado el favor del Maestro, en ocasiones por discrepancias mínimas en cuestiones sumamente técnicas de filosofía de la ciencia. Ello ha tenido como efecto que estas personas se hayan visto obligadas a continuar su trabajo totalmente en solitario y prácticamente sin colaboración ninguna, habiendo quedado marginadas académicamente».

Y después incluye «algunos enlaces de disidentes buenistas», donde aparece en primer lugar, como no podía ser de otro modo, Carlos Javier Blanco Martín, con enlace al artículo «Bueno en las cavernas», criticado en nuestro artículo «De Octubre de 1934 a Octubre de 2004», y a una página del diario anarquista La Haine donde viene a defender lo mismo que en su artículo «El declive del materialismo asturiano» ya criticado por Sharon Calderón. Es interesante saber, para curarse de tanta mentira, que Juan Bautista Fuentes Ortega, pese a su «disidencia» y «terrible heterodoxia» que le habría alejado de lo que Carlos Blanco denomina «buenismo», en vez de purgarle o someterle a un «auto de fe», puede expresarse en la versión digital de Cuadernos de Materiales, alojada en la página www.filosofia.net, que mantiene la Fundación Gustavo Bueno. Incluso se hace propaganda de las tesis de Fuentes en la revista El Catoblepas, medio de expresión de los «martillos de herejes», publicando una entrevista a Juan Bautista Fuentes Ortega.

Blanco no duda tampoco en poner enlaces al Manifiesto Humanista 2000, que Gustavo Bueno pone en evidencia por su carácter metafísico e indefinido (como si la humanidad fuera realmente una, lo que constituye una interesante prueba de toque del idealismo de Blanco), y que un presunto «marxista» como Carlos Blanco haría bien en criticar por ser los derechos individuales que propugna el manifiesto algo burgués y reaccionario; además, Hidalgo nunca ha querido responder a ningún tipo de crítica de forma directa, prefiriendo camuflarse en otras publicaciones. Manuel Delgado nunca se ha valido del aparato conceptual del materialismo filosófico, que nosotros sepamos. Lo único que podría relacionarle sería su amistad personal con Gustavo Bueno y con Alberto Cardín (que para Blanco, dado su culto a la personalidad, parece ser más que suficiente). Sobre David Alvargonzález, en el lugar pertinente de El sentido de la vida (1996) ya se ha realizado la crítica a sus afirmaciones sobre las ciencias humanas. Sobre Julián Velarde, director de la tesis de Carlos Javier Blanco Martín, extraña que alguien presuntamente ateo como Blanco, defienda su posición agnóstica, o que insinúe que el ser agnóstico haya tenido que ver en el alejamiento biográfico de Velarde respecto a la figura de Gustavo Bueno (que no en el doctrinal, pues sus últimas publicaciones utiliza profusamente el materialismo filosófico). Tampoco las discrepancias de Pilar Palop o Tomás Fernández, este último presente recientemente en tribunales de tesis doctorales, como la de quien suscribe estas líneas, pueden considerarse como causa de su alejamiento del materialismo filosófico, sino cuestiones biográficas que alguien como Blanco, preso del ambiente que muchos dieron en llamar «Escuela de Oviedo», es incapaz de disociar del propio sistema, algo que con la tercera oleada por fin ha sido posible.

Por otro lado, además de estas alusiones biográficas, existe desde luego mucha soberbia en el propio Carlos Javier Blanco. ¿Cabe mayor narcisismo que citarse páginas de sí mismo y autoproclamarse «ex discípulo de Gustavo Bueno», camuflándose bajo un seudónimo en foros donde sabe que los contertulios no harán sino aplaudir sus exabruptos contra el materialismo filosófico y Gustavo Bueno? Si acaso eso podría considerarse como un claro ejemplo de culto a la personalidad del propio Blanco, aunque dada su ridiculez, mejor que juzguen los propios lectores.

Seguidamente, aparece una referencia al tema de la «izquierda» y «derecha» buenistas (sábado 2 de diciembre de 2006, 7:22 de la tarde), donde dice que «el resto de la plana mayor de los buenistas son neocons, ultraliberales clericales» que sin embargo son «unos neocons muy especiales y sumamente extravagantes: muchos de ellos no tienen reparos en defender a la vez a Franco y a Stalin, a la extinta URSS y a los EEUU, a George W. Bush y a Chávez», donde nuevamente se confunde la toma de partido por una tesis determinada con la elección de partido político: que se analice con interés las acciones concretas de Bush o Chávez no convierte a nadie en proyanqui o en chavista, salvo en la peculiar argumentación de Blanco y adláteres, claro está.

No obstante, Blanco señala en el mismo mensaje otras cuestiones mucho más interesantes:

«Gustavo Bueno ha dado a su sistema el nombre de Materialismo Filosófico, a secas, como si históricamente no hubiera habido numerosos pensadores y científicos materialistas, y como si actualmente no existieran otros materialismos filosóficos. De hecho, el “Materialismo Filosófico” de Bueno es en realidad una especie de híbrido de materialismo e idealismo de corte hegeliano con grandes influencias de la escolástica católica. Lo que Gustavo Bueno entiende por “materialismo” no es lo mismo que entendemos el resto de los mortales».

Poca dialéctica hay en las afirmaciones de Blanco, pese a su querencia nominal por el Materialismo Dialéctico: efectivamente, el materialismo histórico es un materialismo filosófico, como también lo es el materialismo corporeísta. Pero sólo desde el materialismo filosófico al que también se adscribe Blanco, al menos nominalmente, cabría realizar esta caracterización. Incluso la conversión de la teoría platónica de las ideas en una filosofía materialista, que Bueno señala en Materia, se realiza desde el materialismo filosófico, puesto que hoy día, desde este sistema, podemos entender a Platón, a Marx y a quien se tercie mucho mejor de lo que ellos se entendían a sí mismos. Pretender que el materialismo filosófico es algo anterior a la formulación actual (como es el caso de Alberto Hidalgo, quien pretende remontar el materialismo filosófico a Roberto Boyle, en el siglo XVII) es simplemente intentar diluir la cuestión para minusvalorar al sistema denominado hoy día como materialismo filosófico.

En sus peculiares fantasías, Blanco prosigue diciendo que «La Escuela filosófica de Bueno, al carecer por completo de cualquier atisbo de crítica interna y casi ninguna externa, se ha convertido en una escuela metafísica, ideológica y doxográfica (es puramente autorreferencial: ya no hace más que mirarse el propio ombligo)». Incluso habla de realizar una presunta «vuelta del revés» de Gustavo Bueno para compensar una presunta «vuelta del revés» de Marx para volver a Hegel que habría realizado Bueno, demostrando no haber leído su Primer ensayo sobre las categorías de las «Ciencias Políticas», publicado en 1991, que trata de ningunear a toda costa. Y demuestra también no haber leído El mito de la izquierda, donde ya se plantea la posibilidad (que no realidad inmediata) de una séptima izquierda, al decir que «La llamada “séptima izquierda” no deja de ser una pura quimera. Su origen está en una conferencia de Javier Pérez Jara pronunciada durante unos recientes Encuentros de Filosofía celebrados en Gijón. La conferencia ha sido publicada como artículo en “El Catoblepas”, y su ideología sería más bien una especie de “liberalismo light” de centro-derecha con algunos contenidos sociales. Su discurso parece dirigido a los sectores más moderados del PP y a los sectores críticos del PSOE». No hace falta tampoco señalar que la conferencia de los XI Encuentros de Filosofía no la impartió Javier Pérez Jara sino Ismael Carvallo Robledo.

A partir del 3 de diciembre la cuestión se centra en una presunta derecha e izquierda buenistas, en una clara muestra de indefinición, y un usuario con nombre «1848» intenta defender que en el materialismo filosófico hay una izquierda y una derecha, con la consiguiente equivocación. La cuestión dura hasta el 4 de diciembre, cuando Balmaseda-Blanco reduce la argumentación de «1848» a un conjunto de «clichés pre-fabricados de tu secta», buena muestra de la «potencia argumentativa» exhibida por Carlos Javier Blanco Martín. Asimismo, Blanco señala que los libros de Gustavo Bueno que coinciden con la tercera oleada del materialismo filosófico son «fallidos pero valiosos», indicando también que «”Pensar es siempre pensar contra alguien”, ha dicho Gustavo Bueno, y estoy de acuerdo con él. Por eso en algunos temas yo puedo perfectamente pensar contra Gustavo Bueno (y contra Milton Friedman, y contra Hayek, y contra Pío Moa), y en otros temas puedo pensar con Gustavo Bueno, aprovechando los utilísimos instrumentos metodológicos de la Teoría del Cierre Categorial». Pero aquí Blanco se equipara a los habituales ambiguos que piensan que pueden desligarse las distintas partes del materialismo filosófico a gusto de cada cual, como es el caso de Alberto Hidalgo o Fernando Pérez Herranz, «herejes» a decir de Blanco. Pero en un sistema filosófico no cabe separar sus distintas partes entre sí según criterios personales, ideológicos o de cualquier otra índole. Si España frente a Europa es un libro «fallido», será porque la Gnoseología en la que se sustenta (que no es otra que la Teoría del Cierre Categorial) falla. No deja de ser curioso que Balmaseda-Blanco acuse al materialismo filosófico de ambigüedad cuando quien realiza tal acusación se muestra, más que ambiguo, viscoso.

A continuación, Carlos Javier Blanco delata nuevamente su posición (se doctoró con una tesis sobre Psicología) a propósito de la forma de argumentar presuntamente psicologista de 1848, haciendo referencia, el 4 de Diciembre de 2006, a las 12:40 de la mañana, al «concepto magistral» de «individuo flotante». El caso es que la discusión deriva por derroteros de Psicología y pierde el hilo principal hasta el 5 diciembre, cuando un forista establece una curiosa distinción: páginas «buenistas ortodoxas» y otras «no tanto»: El Proyecto Filosofía en Español sería «más ortodoxa» por hacer públicos documentos de la época de Franco (¿deberían permanecer ocultos acaso para solaz y goce de quienes prefieren ignorarlos?). Aunque eso sí, no olvidan citar que en filosofia.org también se incluyen textos de la revista comunista Nuestra Bandera, que eso sí que les gusta.

Esta referencia da pie para que Balmaseda-Carlos Javier Blanco prosiga con sus habituales andanadas contra el materialismo filosófico, esta vez encareciendo el materialismo dialéctico. El jueves 7 de Diciembre de 2006, 11:53 de la mañana, afirma que:

«El materialismo dialéctico sería más potente si incorporara (aun cuando fuera críticamente) muchas de las grandes aportaciones de Bueno: la doctrina de los tres géneros de materialidad, la teoría del cierre categorial, la teoría del espacio antropológico y sus ejes, la dialéctica de estados como uno de los motores fundamentales de la historia (aunque habría que concebirla como una lucha entre estados por la apropiación de medios de producción, materias primas, fuentes de energía, etc., y como el esfuerzo de los estados por lograr un cierto equilibrio ecológico y medioambiental, en vez de como una lucha entre ortogramas o proyectos ideales), el papel de los númenes animales en el origen de la religión, la distinción entre Nación Étnica y Nación Política, etc.; del mismo modo que también se enriquecería enormemente si incorporara las aportaciones del conductismo radical de B.F. Skinner (el Darwin de la Psicología) y del materialismo cultural de Marvin Harris (el Skinner de la Antropología), entre otros».

Pero el Diamat no puede incorporar lo que cita Blanco por su monismo ontológico, que le lleva al mundanismo y a considerar la Filosofía como un simple resumen de las ciencias. Y eso es precisamente lo que ha criticado el materialismo filosófico del Diamat, al que por supuesto ha podido reducir desde su perspectiva, algo que el propio Diamat no puede hacer con el materialismo filosófico. Así, aportaciones tales como el conductismo de Skinner o el materialismo cultural de Marvin Harris, ya han sido incorporadas con su correspondiente crítica al materialismo filosófico: por ejemplo, sin olvidar los trabajos de Juan Bautista Fuentes, las críticas a la Idea de Libertad del Conductismo (que es una filosofía de la conducta, no una psicología) expuesta en Walden Dos y presentada en El sentido de la vida, o las críticas al materialismo cultural de Marvin Harris, ya realizadas en la tesis doctoral de David Alvargonzález (Ciencia y materialismo cultural, publicada en la UNED en 1989) y en otras obras de Gustavo Bueno, como «Determinismo cultural y materialismo histórico», en El Basilisco 4 (1978); págs. 4-28 o Nosotros y ellos (1990).

España sí es un mito, a decir de Carlos Javier Blanco Martín

A propósito de una cita de España no es un mito aportada por otro contertulio, donde se dice que la secesión de distintos territorios de España sólo tendrá lugar en un sangriento enfrentamiento civil, Balmaseda-Carlos Javier Blanco Martín aprovecha para dar su peculiar visión sobre el libro:

«Pienso que el título del libro de Bueno debería ser España no es un mito. Claves para una defensa irracional. En contradicción con su concepto de la Nación Política de ciudadanos (un concepto cuyos orígenes podemos rastrear en la filosofía soviética de los años 50 y 60, con su distinción entre la Nación Política y la Nación Etnográfica), Bueno lleva a cabo aquí una defensa puramente subjetivista, voluntarista y psicologista (por tanto, irracionalista) de la Nación Española, una defensa que queda reducida a la “buena voluntad” de un grupo de gentes contra la “mala voluntad” de otro grupo. Así se explica que Bueno sea el patrono de honor de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, en cuya página güeb podemos leer frases como éstas: “el patriotismo español es un sentimiento natural y sano —sólo equiparable a un sentir tan noble como el amor a la propia familia”, o “la actitud patriótica se funda en la conciencia de pertenecer a una gran Nación”. Resulta chocante que un filósofo tan enemigo de la Psicología y de todo lo que suene a subjetivo o psicologista haga suyas unas declaraciones tan psicologistas, subjetivas y voluntaristas».

Gracias a Blanco Martín sabemos que es mero voluntarismo hablar de la Historia de España, de su idioma y su realidad histórica, qué cosas. Podemos dar por buena hasta cierto punto la referencia a la filosofía soviética de los años 50 y 60, eso sí, comprobando si se trata de una definición genérica o si es sólo ad hoc para resolver las cuestiones internas de la Unión Soviética (la famosa «cuestión nacional»). En todo caso, Gustavo Bueno sitúa el comienzo de la nación política en la revolución francesa que termina con el predominio del Trono y el Altar, y por lo tanto con el inicio la izquierda política. Por lo tanto, la izquierda está ligada a algún concepto de nación política, no a la fraccionaria que intenta separarse de las naciones canónicas ya constituidas y que Carlos Blanco defiende en sus numerosos escritos. Sin embargo, lo que Carlos Javier Blanco señala como psicologismo en las definiciones de la Fundación para la Defensa de la Nación Española, que no tiene por qué suscribir Gustavo Bueno ni mucho menos, es aplicable a esas naciones fraccionarias fabulosas: Asturias, Galicia, País Vasco, Cataluña, son mero voluntarismo porque a día de hoy no existen. Sin embargo, esa forma de presentar España como mito no la aplica Blanco a los nacionalismos periféricos que quieren destruir España. Para Blanco esos nacionalismos periféricos no son voluntarismo, no: son la verdad resplandeciente. Qué cosas. Y la cuestión prosigue:

«Toda esa demagogia voluntarista surge precisamente del abandono del marxismo por parte de Gustavo Bueno, y de su rechazo del concepto del “Proletariado Universal” y del internacionalismo proletario, que Bueno ha sustituido por el más rancio nacionalismo español. El nacionalismo español, históricamente, no se ha caracterizado precisamente por ser muy “patriótico” sino justamente por todo lo contrario. El nacionalismo español ha sido y continúa siendo una superestructura ideológica encubridora de la transformación de España en una suerte de neocolonia de diversas potencias extranjeras (y en beneficio de la oligocracia autóctona): de la aristocracia centroeuropea y del emergente Capital Financiero de los países nórdicos durante el Imperio Español de los Habsburgo; del capitalismo francés, germánico y británico durante el siglo XIX; y una provincia de los EEUU durante la tiranía de Franco».

Llamar marxismo a lo que no es sino economicismo vulgar, reduccionismo ya presente en la obra Imperio de Henry Kamen, poco marxista por otro lado, es desde luego todo una bofetada para la realidad histórica: España nunca fue una colonia del capitalismo europeo porque, en primer lugar, controlaba ese mismo capitalismo: la banca genovesa estaba en manos españolas y, pese a la presunta decadencia de España, no paraba de aportarle créditos a la Monarquía Hispánica, qué curioso. Decir que España era una provincia de EEUU en tiempos de Franco requerirá algo más de argumentación que su simple enunciado: ¿no existía la soberanía española acaso?

Uno de los más curiosos planteamientos ideológicos de Blanco es una propuesta tan sui generis como el resto de sus mensajes: disolver España en parte de una república democrática federal universal, con la Humanidad por bandera por supuesto.

«La Nación Española —como el resto de Naciones— no deja de ser una realidad accidental, contingente e históricamente temporal. La mundialización del capital global —como ya señaló Marx en su tiempo— conduce a la disolución de las Naciones en entidades transnacionales superiores (lo que se hace aún más evidente en la época actual con la circulación telemática de capitales). Por ello, España deberá disolverse en una entidad transnacional superior que, para empezar, tendría que ser un gran Estado-Nación que incluyera a todos los países de Iberoamérica, y que posteriormente debería incluir también a los países del Magreb. Todo ello con vistas a la República Planetaria (o, como decía Lenin, “la República Federativa de los Soviets del Mundo”)».

Después, el 10 de Diciembre de 2006, a las 7:23 de la tarde, dice que «Bueno está convencido de que España, por su pasado imperial (como supuesto “Imperio Generador” dotado de un ortograma universalista y racionalista), conserva de algún modo la potencia de volver a organizar el mundo», al tiempo que le atribuye que «la gran masa de la humanidad afro-asiático-americana» está «condenada al “basurero de la historia», cosas que alguien con una lectura mediana podría ver que no es así, puesto que al final de España frente a Europa se señalan tres alternativas para la comunidad hispánica: ser el reverso del mundo anglosajón, formar una unidad con España incluida, o una unidad del continente hispanoamericano al margen de España. Si suponer estas tres alternativas, cuya mayor o menor viabilidad dependen de la potencia de la lengua española (400 millones de hablantes) y la importancia de España a lo largo de la Historia es tener la potencia de organizar el mundo, que lo explique el propio Carlos Blanco, pero que no se lo atribuya a nadie gratuitamente.

En el mismo mensaje prosigue hablando de la polémica con Fuentes Ortega y de otras cuestiones que, dada su distorsión dentro del rígido esquema base/superestructura, no merece la pena seguir reseñando. Y tras descalificar las tesis de España frente a Europa por considerarlas «fábula», da su versión de los hechos, puro economicismo vulgar, reduciendo las luchas por expandir el imperio a que «España se convirtió en la principal colonia económica de una dinastía extranjera —la Habsburguesa—, empeñada en sufragar y sostener unas guerras europeas que desangraron humana y económicamente a España. La única justificación real para tales guerras de conquista era el interés de la Casa de Austria en mantener sus posesiones personales y el patrimonio dinástico de todos los Habsburgos europeos», y luego lo añade a que «la Monarquía Habsburguesa descuidó los verdaderos intereses castellanos, que no estaban en Europa sino en ultramar: la exploración de las Américas no pudo completarse hasta el siglo XIX, debido a la nefasta y esquilmadora política de los Habsburgos».

La referencia al interés en posesiones personales de los Habsburgo denota, más que clasismo, mucho subjetivismo: parece que la Historia dependiera simplemente de los designios de una familia, que desde luego no descuidó los intereses españoles en América tras la revuelta de los comuneros en los primeros años del reinado de Carlos I, rebelión que reclamaba precisamente esa atención. Además, hablar del «trato más duro dispensado por los Austrias a Castilla, en comparación con otras regiones de la Península Ibérica (que recibieron un trato algo más suave), se halla también en la base de la posterior diferenciación entre el Norte de España rico y desarrollado, y el Sur de España atrasado y pobre», es tener una visión puramente ahistórica, presentista incluso. Ver la división autonómica actual y el nacionalismo fraccionario —que depende de su grado de desarrollo económico desigual— como preexistente a la nación española es desde luego muy peculiar: si bien Castilla sufragó los gastos de la Corona mayoritariamente (algo lógico al concentrarse en ella la inmensa mayoría de la población), las actuales diferencias económicas entre regiones en España vienen determinadas por el siglo XIX y la revolución industrial, cuando se fue industrializando de manera lenta pero progresiva España. Y si la industria la acapararon esas regiones «del Norte», fue porque la economía capitalista necesitaba de grandes concentraciones poblacionales con buena situación para el comercio con el resto de naciones europeas. Así, Barcelona o Bilbao tenían mucha mejor situación geográfica que Sevilla o Cádiz, que con la independencia de los virreinatos españoles en buena lógica decayeron económicamente al no haber comercio atlántico como antaño. Es curioso que todo un materialista histórico como Balmaseda-Carlos Javier Blanco Martín no conozca estas cuestiones.

En la larga argumentación de Balmaseda-Carlos Javier Blanco comprobamos las limitaciones de su marxismo vulgarizado, pues ignora lo expuesto en el Primer ensayo sobre las categorías de las «Ciencias Políticas» por Gustavo Bueno. Aquí nuevamente comprobamos las limitaciones Carlos Blanco, ignorando que la propuesta de Gustavo Bueno, precisamente a partir de la superación del dualismo Materia/Conciencia, es señalar que la sociedad política no está compuesta solamente por la base económica y una presunta superestructura ideológica, lo que el materialismo filosófico denomina como capa basal, sino también por la capa conjuntiva, que incluye a todos aquellos que intervienen en la política (no sólo la clase dirigente, sino asociaciones, sindicatos, &c.) y la capa cortical, destinada a la defensa de la sociedad política. ¿Acaso no recuerda el señor Blanco que Marx tituló a su obra cumbre El Capital. Crítica de la Economía Política? En ese caso, el dualismo base/superestructura es tan pobre que ni siquiera puede concebirse como materialismo histórico. Hay que analizar también las estructuras políticas que no son propiamente productivas y que son simplemente dependientes de la Economía; son esas estructuras políticas precisamente las que definen y limitan la actividad económica.

En el caso particular del Imperio Español, se ve que los ortogramas no son representaciones ideales o superestructuras, sino planes históricos que moldean las acciones políticas: la evangelización de América desde luego que se realizó desde esa perspectiva, mientras que los puritanos ingleses se disponían a luchar contra Satán, que era el indio. Que todo ello requiera de la plata del Potosí o de la banca genovesa o las cañadas reales es lógico: la capa conjuntiva y la cortical necesitan medios que sólo puede aportar la capa basal. Pero el ortograma católico se desenvuelve a través de esas tres capas, no como una superestructura que justifica la rapiña, el expolio o la explotación.

Después de tantas afirmaciones sin sentido, Balmaseda-Carlos Javier Blanco vuelve a proponer «la creación, en primer lugar, de un gran Estado-nación Iberoamericano, en la línea propuesta por Lorenzo Peña. Ello no implicaría ningún imperialismo español, sino todo lo contrario. En primer lugar, España cedería la mayor parte de sus competencias al traspasarlas a un poder u órgano central en el que estuvieran representadas por igual todas las naciones iberoamericanas, sin ningún tipo de privilegios para ninguna. Con el tiempo, la propia nación española y las demás naciones iberoamericanas terminarían disolviéndose —en virtud del desarrollo global y la unificación de los mercados— y sólo existiría una única nación iberoamericana. En segundo lugar, dicha República fomentaría los mecanismos de democracia participativa y combatiría la formación de oligocracias económicas antidemocráticas», &c. &c. La cuestión es por qué debería ser esa supuesta unión iberoamericana (calcada de la España de las autonomías por aquello de la «cesión de competencias») democrática. ¿Acaso la democracia realmente existente no depende precisamente de las oligocracias que ocupan los poderes del estado y que tienen sus propios representantes para que sean elegidos «libremente» por los ciudadanos? Parece que para Carlos Javier Blanco Martín todo se solucionaría en el mundo con «más democracia». Es decir, que todo un «marxista» como Carlos Javier Blanco se sitúa en la perspectiva del fundamentalismo democrático. Interesante.

Sobre el socialismo

El Lunes 11 de Diciembre de 2006 un forista cita el artículo «Notas sobre la socialización y el socialismo» de Gustavo Bueno, lo que da pie a una nueva aportación de Balmaseda-Carlos Blanco, pero con más calma, pues no interviene hasta el miércoles 13 de Diciembre de 2006, a las 8:30 de la tarde. En ella Balmaseda-Carlos Javier Blanco dice que lo que denomina Bueno como socialismo es un socialismo abstracto que no tiene nada que ver «con ningún tipo de socialismo político presente o histórico. De hecho, en realidad no tiene nada que ver con la política, sino sólo con la epistemología o teoría del conocimiento. Pero para este viaje no hacían falta tantas alforjas. El mismo concepto fue ampliamente desarrollado, antes que Bueno y de forma mucho más clara, en el ámbito de la Filosofía y la Sociología de la Ciencia por Robert K. Merton, Mario Bunge o John Ziman, entre otros», lo que demuestra la idiocia (en su sentido más etimológico) de Carlos Javier Blanco Martín.

Que lo que el materialismo filosófico define como socialismo no se identifique con ningún socialismo concreto no quiere decir que no tenga nada que ver con ellos ni que no esté influyendo en ninguno de ellos, como supone de manera metafísica Blanco. Ese socialismo genérico se define como crítica al individualismo. De hecho, en Ensayos materialistas (año 1972, no lo olvidemos) se define el socialismo desde un punto de vista lógico: es resultado de operaciones simétricas y transitivas, que niegan cualquier tipo de identidad originaria, como el Yo de Fichte o la Idea de Hegel: la conciencia filosófica depende de las condiciones previas del «mundo entorno», es decir, es ella misma socialista y no puede subsistir como un pensamiento que se nutre de sí mismo. Por lo tanto, el socialismo es una condición genérica y necesaria de todas las sociedades humanas. Pero esto no debería enervar a Balmaseda-Carlos Javier Blanco Martín, sino todo lo contrario: ¿acaso puede haber mayor crítica al liberalismo contra el que se posiciona Blanco que el señalar que el individualismo nunca ha existido, que el hombre es ante todo un ser social? Esto tiene que servir para ver que la URSS no fue sin más una anomalía, como se intenta sostener desde muchas cátedras y tribunas periodísticas, sino como señala el propio Bueno, un proyecto fallido que puede repetirse en tanto sigan existiendo ortogramas revolucionarios basados en algún sistema filosófico. La apelación a Merton y otros sociólogos sólo puede demostrar, como decimos, ignorancia, la propia de quien se mueve en un reduccionismo sociológico.

De ahí que, dado ese desconocimiento, acabe diciendo cosas como estas:

«En suma, lo que Bueno parece decir es que el socialismo político sólo puede existir en la teoría [sic], como representación y no como práctica. Las formas históricas de socialismo (socialdemocracia, comunismo soviético, maoísmo, anarquismo, etc.), aunque estuvieran guiadas por grandes representaciones teóricas que pretendían ser universalistas y racionalistas (es decir, socialistas), en la práctica terminaron convirtiéndose en sistemas políticos con muchos elementos particularistas (por ejemplo, el nacionalismo ruso o chino, la exaltación de la clase obrera en detrimento del campesinado y la burguesía, o la defensa de los privilegios de la nomenclatura) e irracionalistas (como los mitos del “proletariado universal” o del “progreso de la historia”). Por tanto, en la práctica las diversas formas de socialismo político (la URSS, la Europa del Este, la China de Mao, el Chile de Allende, la Cuba de Castro, etc.) no fueron ni son realmente socialistas en sentido estricto, sino capitalismos de estado (en el mejor de los casos) o despotados hereditarios (en el peor). Y no podía ni puede ser de otra forma. »

Después de una gran argumentación de 1848 que explica la cuestión de los ortogramas generadores y depredadores, los imperios generadores y depredadores, &c. Balmaseda-Carlos Javier Blanco dice lo siguiente el domingo 17 de Diciembre de 2006, 9:10 de la noche:

«Esto es cierto, pero su explicación —una vez más— no hay que buscarla en las diferencias ideológicas superestructurales existentes entre el imperialismo español y el anglosajón, sino en las condiciones materiales de producción, en las características demográficas y en la estructura política de las poblaciones indígenas y colonizadoras. En suma, la supuesta “explicación” de la Escuela de Bueno —según la cual el mayor mestizaje de los españoles con los indígenas americanos se debió al carácter más “humanitario”, “generador” y “civilizador” del catolicismo español— es una pseudoexplicación y una tesis idealista. Si en los territorios americanos del Imperio Español se hubieran dado las mismas condiciones materiales y el mismo modo de producción, así como las mismas características demográficas y políticas de las poblaciones indígenas y colonizadoras, el Imperio Español hubiera llevado a cabo un exterminio masivo de indígenas semejante al cometido por el imperialismo anglosajón, y no hubiera existido mestizaje alguno».

«En primer lugar, si el Imperio Español no llevó a cabo un exterminio masivo de los indígenas americanos fue sencillamente por necesidades del capitalismo mercantil (del mismo modo que los capitalistas del Sur Estadounidense en el siglo XIX tampoco se podían permitir exterminar a los esclavos, ya que éstos constituían una pieza fundamental de su sistema productivo). El capitalismo mercantil español estaba basado en la extracción masiva y a gran escala de oro, plata y metales preciosos del continente americano, y por eso necesitaba cantidades ingentes de mano de obra esclava o semi-esclava para trabajar en las minas; gran parte de esas riquezas servían para sufragar los astronómicos gastos de los Austrias en las continuas guerras que desangraban a España».

Tras esta seudoexplicación, Balmaseda-Carlos Blanco se dedica a realizar una larga argumentación, desde la perspectiva de la memoria histórica, sobre el siglo XIX, la II República, &c. que los lectores ya conocen. Prosigue asimismo afirmando que Gustavo Bueno privilegia la dialéctica de estados sobre la dialéctica de clases, cosa falsa: lo que se dice en el texto del mismo nombre es que la dialéctica entre clases sólo se produce en el marco que ofrece la dialéctica entre estados. Y define el imperio como una metrópoli que subordina a otras naciones, y que además tiene «una estructura política y gubernativa estrictamente verticalista», por lo que «un Imperio nunca puede ser democrático» [sic], además de que «un Imperio impone su superestructura ideológica y cultural (lo que Bueno denomina “ortogramas”) a las naciones sojuzgadas». Al contrario de la república, que «si cuenta con una metrópoli y una serie de colonias o naciones sometidas, no puede sino otorgar a los habitantes de éstas los mismos derechos de ciudadanía de la metrópoli, y reconocer al mismo tiempo su derecho a la autodeterminación» [sic].

Sin embargo, las definiciones de Imperio o República que aporta Balmaseda-Carlos Blanco no superan a las de Kamen en su famoso libro, pues piden el principio: ¿acaso está suponiendo Blanco, preso de la estructura del estado de las autonomías, que Asturias, Galicia, Cataluña o País Vasco están presas por el poder centralista de un imperio español en la actualidad? Porque da esa impresión al leerle, sobre todo si se supone que una verdadera república, según afirma él mismo, acabará dándoles la autodeterminación (¿cómo puede autodeterminarse algo que no existe previamente?). Siguiendo definiciones tan brillantes, no sólo se concluye que España aún es un Imperio, sino que Francia no es una República, puesto que a las acciones separatistas de Córcega no responde otorgando el derecho de autodeterminación, sino con las pistolas de la policía o del ejército, si fuera necesario.

Ya puestos a estudiar el caso del Imperio Español, la función principal de España en América no fue crear factorías, sino construir ciudades y llevar la civilización al continente, como se cuida de olvidar Balmaseda-Carlos Blanco en su peculiar memoria histórica. De hecho, la propia argumentación de Carlos Blanco cae por su propio peso cuando se sabe que en Hispanoamérica no hubo descolonización, como sí hubo en África y Asia, sino una independencia lograda por la fuerza por las armas (el «derecho de autodeterminación» reivindicado por Blanco es un puro sinsentido que pide el principio, pues nada que no exista previamente puede autodeterminarse) en una cruenta guerra civil entre americanos que dio paso a las modernas naciones hoy conocidas. Además, no existía una nación española, por lo que en realidad las distintas partes del Imperio Español, ya fueran Castilla, Aragón o Nueva España, estaban sometidas a la autoridad de la corona en el mismo grado que las demás, algo muy distinto del imperialismo como fase superior del capitalismo del que habla Lenin.

Y además, es falso lo que afirma Balmaseda-Carlos Blanco de que no se les concedieron los mismos derechos a peninsulares e indios (afirmando que los criollos eran una «nación étnica en América» [sic], como señala en otros foros donde se camufla bajo el mismo seudónimo). Pero es que en una sociedad como la que existía entonces había estamentos distintos, y España llevó a América esa misma distinción propia del Antiguo Régimen: se evangelizó a los indios, cosa desde luego mucho mejor y más cercana al ateísmo que el politeísmo sin sentido que ellos practicaban, y a quienes ostentaban el título de caciques o nobles en tiempos de las sociedades precolombinas se les otorgó el título de hidalgos, como fue el caso de José Gabriel Condorcanqui, descendiente del linaje de la nobleza de Cuzco, y que en su revuelta contra los recaudadores de la corona, a quienes acusaba de robar de las arcas de los impuestos, adoptó el nombre de Tupac Amaru para darle más legitimidad a su movimiento, pero no para rebelarse contra la corona, sino para establecer un orden social en su marquesado más ecuánime según los criterios del Trono y el Altar.

El jueves 21 de Diciembre de 2006, 6:49 de la tarde, reiterando su anterior confusión, reproduce su distinción fallida entre república e imperio, al decir que «la URSS (incluso desde las teorías del republicanismo moderno) no era un Imperio sino una República» [sic], como si eso impidiera que Estados Unidos no fuera un imperio, dado muchas veces a identificarse con América. De hecho, el Imperio español nunca se llamó así como tal, desde el punto de vista emic, pero eso no impide que no lo fuera visto desde nuestra perspectiva etic.

Y así la discusión prosigue mezclándose detalles sobre el Proyecto Filosofía en español, el socialismo genérico, &c. Y, de repente, a propósito de la cita de otro contertulio, Balmaseda-Carlos Blanco dice que en realidad el proyecto del materialismo filosófico es preparar la «transición a la democracia» en Cuba [¡sic!]:

«En realidad, la pretensión básica de los responsables de “filosofia.org” era dar a conocer la filosofía de Bueno a los profesores cubanos, fantaseando incluso con la posibilidad de que la filosofía buenista fuese mayoritariamente aceptada entre aquéllos e incluso se convirtiese en la filosofía dominante en Cuba, desplazando al marxismo y dando lugar así a una “transición a la democracia” en Cuba, con la correspondiente apertura a los mercados y las multinacionales americanas y sobre todo españolas. Alberto Hidalgo, en un artículo entusiasta publicado en La Nueva España a raíz de los Encuentros de la Habana, afirmó entonces que la filosofía de Bueno había causado un enorme impacto entre los filósofos cubanos, y que muchos de ellos estaban estudiando adoptarla como sistema filosófico propio. Sin embargo, diez años más tarde no parece que el Materialismo Buenista se haya convertido en la filosofía dominante en Cuba (como fantaseaban algunos buenistas), ni que Cuba haya iniciado la transición a la democracia burguesa capitalista y la apertura a las transnacionales y multinacionales norteamericanas y españolas, lo que hubiera sido el resultado final si efectivamente la filosofía buenista hubiera conseguido “recolonizar” filosófica e ideológicamente a Cuba».

Asimismo, parece asustarle que en el Proyecto Filosofia en español se publiquen textos de legislación del franquismo:

«Los responsables de “filosofia.org”, para no parecer sectarios, afirmaron desde un principio que su página acogería textos de una gran variedad de filósofos en lengua española. Sin embargo, tal proclama fue puramente demogógica, vistas las numerosísimas ausencias señaladas (incluidas las de los filósofos cubanos con los que se llegó al acuerdo, como Pablo Guadarrama) y la inclusión de textos del General Franco (que como todos sabemos era un gran filósofo)».

Por lo que se ve, ha escocido mucho en ambientes nacionalistas fraccionarios que salgan a la luz los textos de la legislación franquista donde se demuestra que el nacionalismo fraccionario se formó en el franquismo y poco tiene que ver con lo que en su peculiar lenguaje denomina Blanco como «izquierda».

Seguidamente, haciendo gala de su dogmatismo y de su contradicción —afirmaba que el materialismo filosófico era un bloque monolítico— se lamenta de que a un tiempo se alojen en el mismo servidor páginas de la Cuba castrista y también la revista El Catoblepas, donde se permite escribir a otros autores presuntamente opuestos a Cuba, como Javier Pérez Jara:

«Por otro lado, en el mismo servidor español que acoge a “filosofia.org” y “filosofia.cu”, se encuentra alojada la página “nodulo.org” (El Catoblepas), cuyos responsables son los mismos de “filosofia.org”, y donde se incluyen frecuentemente textos que hacen propaganda abierta contra el régimen cubano y contra Fidel Castro, así como contra todas las izquierdas iberoamericanas. Para muestra un botón: “…qué sentido tendría que España se solidarizase con países como Cuba, que han apoyado la causa fanática y asesina de ETA, o con países con una explícita ideología anti-española (aunque digan sus proclamas en español y no vivan como primitivos en los árboles gracias a España), como el caso de Venezuela? ¿Y qué decir de “simpatizar” con políticos con ridículas y repugnantes ideologías indigenistas, como Evo Morales? ¿Y por qué el materialismo filosófico se debería solidarizar con corrientes de izquierda latinas basadas en un marxismo dogmático, cuando no fundamentalista democrático, en muchos puntos incompatible con el materialismo filosófico?

(Javier Pérez Jara, «Cuestiones relativas al socialismo, la izquierda y otras “categorías políticas” desde la izquierda» [http://www.nodulo.org/ec/2006/n054p01.htm])».

Y en el mismo mensaje llega a extremos delirantes cuando dice que Pérez Jara «desprecia a los movimientos indígenas populares que pretenden sacudirse el yugo neocolonial y lograr que los indígenas tengan los mismos derechos que el resto», cuando estos movimientos indigenistas quieren regirse por sus propias leyes e ignorar las leyes del estado en que viven, en un claro retorno a la sociedad estamental del Antiguo Régimen, que suponemos debe ser el gran sueño no reconocido de Balmaseda-Carlos Javier Blanco.

Y para continuar con la gran injuria, dice Balmaseda-Blanco que Bueno sigue a Heidegger cuando el teutón afirmaba que «sólo se puede pensar en alemán»:

«Ciertamente, Bueno no ha dicho nunca que no se pueda pensar en inglés, o en rumano, o en ruso, etc… Ahora bien, dado que todas las demás lenguas no tienen el grado de universalidad, de receptividad y de abstracción filosófica del español, necesariamente el pensamiento expresado en esas otras lenguas no podrá tener el grado de universalidad y la receptividad del pensamiento en español para traducir los términos y conceptos de otros idiomas, superando, incorporando y “triturando” dichos conceptos y las filosofías y concepciones de las que forman parte. Es decir, únicamente una filosofía expresada y pensada en español puede dar cuenta de y superar a todas las concepciones filosóficas del mundo, formuladas en cualesquiera idiomas. De ahí que únicamente una filosofía hecha en español pueda ser coherente y absolutamente universalista y racionalista, y, por tanto, una Filosofía Verdadera».

Desde luego, mayor indigencia intelectual no cabe: siempre se ha dicho en distintos ambientes que no hubo filosofía española, que Ortega intentó fundarla y otras cosas más, y que el materialismo filosófico haya probado sobradamente que el español es una lengua filosófica por su herencia del latín y del griego —más seguramente que lenguas sajonas como el inglés o el alemán, que han adoptado términos latinos y griegos de forma literal, y a la altura como mínimo de otras lenguas latinas como el francés—, no significa que se presente como la única lengua filosófica o de «pensamiento». Pero las fantasías incubadas por Blanco le llevan a concluir que Bueno presenta el español como «la única plenamente Universal y Racionalista (lo que viene asegurado por el hecho de que está pensada y escrita en español y desde la implantación histórico-política del Imperio Español Universal y Generador, junto con el hecho de que está elaborada por la persona con la mayor capacidad intelectiva y de raciocinio del Planeta Tierra, según el buenismo)». Sin comentarios ulteriores.

Carlos Javier Blanco delata su Pensamiento Alicia

Por último, en respuesta a uno de los foristas acerca de sus posiciones sobre la homosexualidad y el «matrimonio homosexual», Balmaseda-Carlos Javier Blanco no duda en responder con su desenvoltura y prepotencia habituales, alineándose con las tesis del Pensamiento Alicia el Lunes 15 de Enero de 2007, a la 1:11 de la tarde:

«Yo no he dicho que Gustavo Bueno esté “en contra de la homosexualidad”, sino que su postura acerca del matrimonio homosexual es un puro desatino, que sin duda ha agradado mucho a los talibanes nacional-católicos, quienes últimamente parecen ser el público al que Bueno dedica sus obras. Bueno ha dicho que instituir el “matrimonio homosexual” es motivo suficiente para derribar a un gobierno, y “mucho, muchísimo peor que lo de la guerra de Irak”. Bueno ha afirmado que el matrimonio homosexual “no está de acuerdo” con la historia humana, ya que en todas las culturas ha existido el matrimonio civil o religioso (en todo caso, como institución estatal) entre heterosexuales, y nunca entre homosexuales».

Y tras descalificar a Gustavo Bueno por su presunto desprecio por «las tesis y hallazgos de las ciencias sociales (historia, antropología, arqueología, etc.)», y de señalar que «lo que Bueno entiende por “historia” y “antropología” no se corresponde con lo que entienden la mayoría de los historiadores y antropólogos del presente», Carlos Blanco practica una peculiar hermenéutica sobre las afirmaciones del principal autor del materialismo filosófico:

«Lo que supongo que Gustavo Bueno quiere decir es que está de acuerdo con la proposición de que el matrimonio heterosexual (de cualquier tipo) es el único que debe ser reconocido por la ley, con exclusión de las uniones entre homosexuales (aunque, con una ambigüedad sibilina, Bueno reconoce la posibilidad de instaurar “uniones civiles” entre homosexuales, que serían poco más que simbólicas). En apoyo de dicha afirmación, Bueno sostiene —igual que la Iglesia Católica y que los sectores más reaccionarios y fundamentalistas de la sociedad política mundial— que así ha sido siempre. El matrimonio homosexual, sostiene Bueno, sería una ruptura radical con nuestro pasado civilizado».

¿«Pasado civilizado»? Resulta realmente sorprendente que le atribuya Carlos Blanco a Gustavo Bueno semejantes afirmaciones. Lo que ha afirmado Gustavo Bueno es que no existe, antropológicamente hablando, es decir, en todo tipo de sociedades humanas, históricas o prehistóricas, civilizadas o bárbaras, ninguna institución denominada «matrimonio homosexual», porque es una verdadera contradicción. Capítulo aparte merecen las uniones civiles entre homosexuales, que no serían desde luego puramente simbólicas. ¿Lo son acaso las parejas de hecho? Dos personas homosexuales pueden sacar mucho provecho a efectos legales de esas uniones civiles. Imaginemos que uno de los dos miembros de esa pareja fallece y el otro no tenía nada en propiedad. Sin esas uniones civiles, esa persona no tendría derecho a heredar nada, incluso pudiendo quedarse en la calle por no ser la vivienda de su propiedad. Pero la convivencia, establecida por el cauce legal de la unión civil, le da derecho a heredar bienes que de otro modo le estarían vedados. He aquí el «simbolismo» y «los sectores más reaccionarios y fundamentalistas de la sociedad política mundial» en acción, como gusta decir el señor Carlos Javier Blanco bajo su seudónimo Balmaseda.

No obstante, como lo prometido es deuda, Carlos Javier Blanco intenta enmendarle la plana a Gustavo Bueno en base a las afirmaciones de antropólogos e historiadores que a su juicio no tiene en cuenta el materialismo filosófico:

«Pero la afirmación de Bueno es sencillamente falsa. Bueno invoca la Historia como si fuera una fuente de autoridad, pero desconoce por completo las más recientes (y no tan recientes) investigaciones historiográficas y antropológicas sobre el matrimonio y la homosexualidad. Si uno habla sobre los matrimonios homosexuales en la historia escrita, lo primero que debe hacer es leer y documentarse suficientemente al respecto. En este sentido, es imprescindible el libro Christianity, Social Tolerance, and Homosexuality (University of Chicago Press, 1980), de John Boswell, quien documenta matrimonios homosexuales legalmente reconocidos en la antigua Roma, que siguieron contrayéndose legalmente durante el período cristiano. Lamentablemente, el magnífico libro de Boswell no está traducido al castellano, pero al menos se encuentra en el catálogo de la Universidad Complutense de Madrid. En Same-sex Union in Pre-modern Europe [Las Uniones Homosexuales en la Europa Pre-moderna], Boswell habla de las uniones homosexuales bendecidas por la Iglesia durante la Edad Media, e incluso de una liturgia nupcial homosexual heredada de la Iglesia Antigua».

Observarán los lectores que el libro de Boswell se titula Las Uniones Homosexuales en la Europa Pre-moderna. Es decir, que no son matrimonios sino uniones, prueba de que Boswell se da cuenta al menos que el concepto «unión» no es el mismo que el concepto «matrimonio», que necesita de una madre para poder existir. De hecho, en el siguiente fragmento está aún más claro:

«En las culturas orientales también han existido históricamente matrimonios sexuales legales y reconocidos por el Estado. En Male Colors: The Construction of Homosexuality in Tokugawa Japan (University of California Press, 1995), Gary Leupp describe los “lazos de hermandad” entre varones samurais, que incluían contratos escritos, una ceremonia cuasi-nupcial, y a veces castigos severos para la infidelidad, durante los siglos XVII y XVIII. Los antropólogos han estudiado también en profundidad la cultura Azande del Sur del Sudán, donde durante siglos los guerreros se casaban, de manera totalmente legítima, con “muchachos-esposa”. También están los estudios de Marjorie Topley sobre los matrimonios lésbicos —legalmente reconocidos— en Guandong, China, a principios del siglo XX. The Case for Same-Sex Marriage (1996), del profesor William Eskridge, demuestra que el matrimonio homosexual ha existido prácticamente a lo largo de toda la historia y en casi todas las culturas y latitudes geográficas».

El propio Carlos Javier Blanco habla de «muchachos-esposa», y lo entrecomilla, lo que no tiene mucho sentido para alguien que considera normal el «matrimonio» de homosexuales. Si se entrecomilla tal afirmación es porque el matrimonio es una institución inequívoca, hombre y mujer, y precisamente otras «variantes» ya no pueden denominarse matrimonio sino uniones (¿por qué pensar que los lazos de hermandad de los samurais son un matrimonio y no una institución para fortalecer la cohesión entre combatientes?). De ahí que cuando se presentara la ley de matrimonios homosexuales los seguidores del Pensamiento Alicia, como Zapatero, hablasen de «Progenitor A» y de «Progenitor B», dada la dificultad para conceptualizar situaciones tan anómalas. Pero no parece que Blanco sea muy amigo de precisiones, vista la confusión de conceptos que presenta, propia de ese mismo Pensamiento Alicia que se empeña en proseguir con las tergiversaciones:

«Lo que la historia del mundo nos cuenta realmente es muy distinto de los mitos y falsedades que nos cuentan Gustavo Bueno y los fundamentalistas cristianos. Lo que nos cuenta la historia real es que prácticamente cualquier tipo de comportamiento sexual puede ser y de hecho ha sido institucionalizado en algún lugar y en alguna fecha histórica concreta. Por ejemplo, la poligamia sigue siendo normal y legal en muchas naciones, como lo fue entre los mormones del estado norteamericano de Utah. En el Tíbet, la poliandria tiene una larga historia, y las modernas leyes chinas parecen tener poco poder para impedir los matrimonios entre una mujer y dos o tres hombres».

¿Y dónde ha negado Bueno que haya distintos tipos de uniones matrimoniales? Carlos Blanco cree poder despachar a su gusto las afirmaciones del materialismo filosófico ridiculizándolas y poniéndolas al nivel de lo que él denomina «fundamentalismo cristiano». Puede haber uniones matrimoniales poligámicas o poliándricas, pero lo que no puede haber es matrimonio sin componente femenino, puesto que es el único que puede ocupar el papel de madre en su sentido biológico —¿dónde quedó la apelación a la Biología de Carlos Blanco a propósito de los derechos de los simios, «científicos» a su juicio?—, el único que tiene sentido dentro de los motivos para los que se fundó el matrimonio, para asegurar la reproducción y la protección de los hijos dentro del marco de la familia.

Ya en el colmo de la mala fe, Carlos Blanco se mueve en el relativismo cultural para descalificar las posturas del materialismo filosófico:

«Volviendo a las relaciones homosexuales, los Sambia de Nueva Guinea han creído tradicionalmente que, para que un chico adolescente se convierta en un hombre, es absolutamente imprescindible que le practique una felación a un hombre adulto y que se trague su semen (ver La cultura norteamericana contemporánea, de Marvin Harris). Desde nuestras normas y costumbres occidentales, podemos ver esta costumbre de los Sambia como un caso de abuso infantil, pero en el contexto cultural de los Sambia no lo es en absoluto, sino que para los Sambia es simple sentido común. Así lo han estado haciendo durante los últimos 3.000 años de su historia (aquí yo le preguntaría a Bueno y a los fundamentalistas cristianos: ¿esa duración de 3.000 años convierte a tal costumbre en algo correcto?)».

Como si la apelación a la duración de una institución tuviera por sí misma algún valor. Y como si pudiera compararse la unión entre hombre y mujer dentro del marco de la familia con el abuso sexual de menores practicado en diversos países africanos, que en la actualidad es responsable directo de la extraordinaria propagación del SIDA o VIH en el continente africano, con el consiguiente desastre demográfico y de salubridad que todos conocemos. ¿En serio pretende Carlos Javier Blanco poner en pie de igualdad ambas instituciones?

Por si no fuera suficiente el grado de mala fe mostrado, Carlos Blanco prosigue hablando del grado de obligatoriedad del matrimonio y de que es muy tardía en la Historia la decisión voluntaria de los futuros cónyuges para casarse o no, ideología propia de la sociedad moderna:

«Friedrich Engels lo explica muy bien en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado, donde demuestra que el capitalismo industrial productivo y el concepto de libre mercado desempeñaron un papel fundamental en la aparición de la familia heterosexual moderna, nucleada en torno a la ideología del “amor”».

Pero luego se desmiente al hablar de la «libre voluntad» de los unientes para ser matrimonio, incluyendo cómo no a los homosexuales:

«En suma, desde una postura mínimamente progresista es necesario defender el derecho al matrimonio homosexual. La libertad para establecer una unión con quien quieras, y así beneficiarse de cualesquiera privilegios que tu entorno político y cultural confieren al “matrimonio”, no debería limitarse arbitrariamente a los varones que se sienten atraídos por las mujeres, y a las mujeres atraídas por los varones. Dicha limitación supone claramente una violación de derechos básicos, en este caso de las personas homosexuales. Aunque dicha premisa limitadora hubiera sido la norma desde los albores de la civilización –lo que, como demuestra la investigación historiográfica y antropológica, no es en absoluto cierto–, seguiría siendo irracional. Si la Historia (con H mayúscula) tiene alguna función, es la de inducir a la gente, a través simplemente de la acumulación de conocimientos y experiencias, a ser más racional, y de este modo aliviar las formas de sufrimiento que son capaces de infligirse a sí mismos. El reconocimiento del matrimonio homosexual es un paso progresista y absolutamente necesario, pues supone reconocer la realidad, y aliviar la opresión que la ignorancia y el odio homofóbicos siguen infligiendo a numerosas personas en todo el planeta».

¿Y qué sentido tiene hablar de libertad ante una institución como el matrimonio? Tiene tanto sentido pedir la libertad para contraer matrimonio homosexual (desmentido por la realidad histórica, pese a las manipulaciones de Blanco) como puede tenerlo hablar de la libertad de adherirse a la burguesía o al proletariado. No son situaciones que se puedan elegir según un libre arbitrio: un matrimonio lo será si existe hombre y mujer; una persona será proletario o burgués si su posición respecto a la base económica es la de vender su fuerza de trabajo individual o la de disponer de los medios de producción, respectivamente. Ya resulta cargante que se diga que el concepto «matrimonio» sea arbitrario, así que el concepto «matrimonio homosexual» no pasa de ser un sinsentido, un simple muñón inútil y peligroso. Por eso, es absurdo decir que «Gustavo Bueno, aterrorizado y escandalizado por la perspectiva de un concepto más inclusivo de matrimonio, propone una vía legislativa intermedia que reconozca las “uniones civiles” entre homosexuales», puesto que ni Bueno, ni por supuesto Blanco, son nadie para controlar ni cambiar nada ya establecido históricamente. Un autoproclamado «materialista histórico» como Carlos Blanco debiera saberlo, pero vemos que no es así.

Y afirmar que la posición de Bueno es discriminatoria porque «establece una distinción entre las personas basada en su preferencia sexual» es pura redundancia que nada vale. ¿Acaso piensa Carlos Blanco que las posiciones poliándricas o poligámicas no son también discriminatorias? Si suponemos, desde el materialismo histórico (o el materialismo cultural de Marvin Harris que tanto reivindica) que tanto gusta de enseñorearse Blanco Martín, que esas prácticas están ligadas a determinadas formas históricas de socialización y producción (ahorrar mujeres en el primer caso; disponer de ellas para mantenerlas como esclavas sexuales la segunda, y la «monogamia del amor» como forma de matrimonio propia de las sociedades capitalistas contemporáneas, como señala Engels), entonces verá que determinadas formas de producción llevan a determinadas instituciones, obligando a discriminar otras por su falta de funcionalidad.

Por último afirma que «todas aquellas personas que tengan la edad legal y así lo deseen deberían poder acceder —independientemente de su preferencia sexual— a las ventajas conferidas por la institución estatal del matrimonio». ¿No es esto una contradicción precisamente con la cita de Engels previa? ¿No está siendo Carlos Javier Blanco Martín víctima de esa «ideología del amor» de quienes piensan que las uniones son totalmente libres y no hay condicionantes de por medio? Por mucho que Blanco se empeñe, el denominado «matrimonio homosexual» es una contradicción que no tiene la más mínima consistencia antropológica, puesto que tales homosexuales no podrán formar ningún tipo de familia, y en todo caso lo que servirá es para desarraigar a amplias capas de la población y separarlos cada vez más de los esquemas de identidad tradicionales, de los que la familia es sin duda el más importante, convirtiéndolos en seres vulnerables ante el capital. Posición que desde luego le vendrá muy bien al PSOE, gran favorecedor de la banca y los grandes emporios de nuestro país ya desde los primeros tiempos de nuestra democracia. Por lo tanto, con Carlos Javier Blanco Martín tenemos lo mismo que con otros izquierdistas indefinidos: carencia de planes políticos concretos, que intenta ocultar denunciando falsas ambigüedades en el materialismo filosófico, prueba de la potencia de este sistema al que necesariamente muchos tienen que aludir.

Apéndice bipolar

http://carlosxblanco.blogia.com/
26/01/2007
Nota aclaratoria dirigida a El Catoblepas
Estimados amigos de El Catoblepas:
En vuestro último número 59 de enero de 2007, un artículo firmado por José Manuel Rodríguez Pardo (http://www.nodulo.org/ec/2007/n059p15.htm) me atribuye la identidad de un participante en un cierto foro de Izquierda Unida, persona que firmaba con el nombre de «Balmaseda». Sin ninguna prueba para fundamentar esa identidad entre este tal «Balmaseda» y mi persona, Carlos Javier Blanco Martín, se me atribuyen una serie de párrafos que no son míos.
Prefiero pensar que fue la imaginación del autor, o el pensamiento de que hay una afinidad de ideas entre «Balmaseda» y yo, el único factor que ha motivado a Rodríguez Pardo a establecer semejante identificación. Lo cual sería una grave ingenuidad para alguien que se expone, como el Sr. Rodríguez Pardo, a firmar trabajos que se publican en la red. Ruego encarecidamente a la revista Catoblepas que retire dicho artículo, en el que se me atribuyen párrafos que no he escrito jamás. Si es que el autor no quiere desperdiciar tanto «esfuerzo», como de hecho se ha tomado baldíamente dedicándose a «refutar» a «Balmaseda» creyendo que era yo, me contentaré con que vuelva a publicarse dicho artículo pero retirando mi nombre en asociación con esa firma o pseudónimo. Quisiera indicarles, por lo demás, que no guardo ninguna relación con Izquierda Unida, ni siquiera como participante en sus foros de internet. Muchos libros, autores y temáticas vertidas en los párrafos de «Balmaseda» son enteramente desconocidos por mí, o resultan ajenos a mis intereses. Mis críticas a determinadas posturas del profesor Bueno han sido públicamente firmadas por mí, sin pseudónimo, como Carlos Javier Blanco Martín o como Carlos X. Blanco. Creo que todos mis artículos, firmados de esa manera, disponibles en la red y en otras publicaciones impresas constituyen el material oportuno para lanzarse a hacer un análisis crítico y público de mis ideas y posturas, por muy cuestionables que sean, pero no los chascarrillos firmados con pseudónimo y atribuidos a mi persona no se sabe cómo ni por qué vías secretas, no explicitadas. Lamento que junto a mi nombre, también aparezcan mencionados los nombres de algunos antiguos profesores, compañeros y amigos míos (algunas personas reúnen para mí todas esas características) en referencia a no sé que «oleadas» o «herejías» del materialismo filosófico.
Agradeceré a los redactores de la revista El Catoblepas la publicación inmediata de esta nota aclaratoria, de la que yo también voy a hacer máxima difusión, en tanto que no se retire o corrija el articulo en el sentido arriba exigido.
Atte., Carlos Javier Blanco Martín.

http://www.nodo50.org/foroiu/viewtopic.php?t=3D2605&start=3D135
Balmaseda (joven sintiendo la llamada de la natural)
Vie Ene 26, 2007 2:51 pm
A propósito, resulta curioso cómo los ultra-nacionalistas españoles inmediatamente le encasillan a uno como “nacionalista fraccionario” y “separatista” si se atreve a hacer la menor crítica al nacionalismo español y a sus mitos sacrosantos. Esto lo he podido comprobar (con gran diversión por mi parte) en un artículo que he tenido el gran honor de que me dedique “a medias” (dado que me confunde con otra persona) el ultra-buenista José Manuel Rodríguez Pardo, bajo el título “Carlos Javier Blanco Martín y su alter ego ‘Balmaseda'”, en la revista digital ‘El Catoblepas’:
http://www.nodulo.org/ec/2007/n059p15.htm
Rodríguez Pardo tendrá que hacer un esfuerzo añadido para descubrir mi auténtica identidad, dado que sus pesquisas policiales e inquisitoriales le han llevado a errar el blanco hasta el punto de atribuirme la identidad de un nacionalista asturiano vinculado a ‘Andecha Astur’. ¡Menuda ironía! ¡Al pobre Carlos Javier Blanco le van a colgar desde ahora el sambenito de “centralista jacobino” (aunque esta parte de mis mensajes es obviada por el fanático Rodríguez Pardo, quien, además de tergiversar mi postura, sólo está interesado, como buen apóstol fundamentalista, en la descalificación personal y en la destrucción del adversario a cualquier precio)! El artículo del comisario Rodríguez Pardo pasará a los anales de internet como uno de los más hilarantes ejemplos de humor surrealista.
Este curioso y ociosísimo personaje (profesor universitario enchufado, policía internético y evangelista a tiempo completo del buenismo) no tiene mejor pasatiempo que rastrear durante horas todas las entradas de “Gustavo Bueno” en el Google, con el fin de hallar mensajes críticos (incluso en foros de opinión) que demoler con su peculiar sindéresis o falta de sindéresis. Pero la absoluta indigencia argumental y las burdas descalificaciones ad hominem propias de su secta (“ignorante”, “malicioso”, “nacionalista fraccionario”, etc.), y presentes en su último texto, me lo han puesto verdaderamente “a huevo”, como se dice vulgarmente.
Lun Ene 29, 2007 1:20 pm
Estimado 1848:
No voy a entrar al trapo de tus insultos y descalificaciones, porque no merece la pena. De todos modos, quiero dejar clara una cosa: no soy Carlos Javier Blanco, aunque Carlos es amigo mío y muchas veces hemos discutido (amistosamente y con unas cañas de cerveza delante) sobre el nacionalismo, el federalismo y la autodeterminación, sin llegar nunca a las manos a pesar de mantener posturas encontradas.
Ya te he dicho que alguien usurpó mi nick en los foros de la “Séptima Izquierda”. Que no me creas (o que finjas no creerme) es problema tuyo. Yo considero zanjado este asunto.
En breve pienso publicar la réplica al artículo de José Ramón Rodríguez Pardo, con mi nombre y mis apellidos auténticos, mi currículum y mi profesión (soy profesor de instituto). Si es necesario, para que os quedéis tranquilos y para satisfacer vuestra curiosidad cuasi-policial, os mandaré mi foto y mi número de DNI. Palabra de honor.
P.D.: Ya que tanto te interesas por mi vida personal, querido ‘1848’, te diré que estoy casado y que tengo un hijo pequeño, que va a cumplir cuatro meses. Actualmente estoy de “baja maternal” para poder cuidarlo, y para que mi mujer pueda desempeñar sin molestias su actividad profesional.
Sin más, ‘1848’, te deseo lo mejor y te digo sinceramente que no te guardo ningún rencor, sino todo lo contrario. Si en vez de utilizar un medio tan frío e impersonal como internet nos viéramos cara a cara, tomando unas cañas, seguramente hasta nos podríamos llevar muy bien. Todos somos humanos y todos cometemos errores. Tú eres una persona inteligente, y seguro que sabrás recapacitar y comprender que no merece la pena enzarzarse en estos berenjenales.
Un cordial saludo.



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