“Marx contra los marxistas”: un texto FUNDAMENTAL del argentino Juán José Sebreli

En un momento en el cual el marxismo parece atravesar una profunda crisis, el sociólogo afirma que es hora de volver a Marx. ¿Las razones? Que el colapso de los sistemas burocráticos del Este y de los regímenes populistas no significó el desmentido histórico de su pensamiento central sino, por el contrario, su más sólida corroboración. Aunque, agrega, no haya ninguna relación entre el realismo con el que Marx aceptó la crueldad de la historia y el idealismo moralista y las ensoñaciones utópicas de ciertas izquierdas actuales.

Por Juan José Sebreli

El destino de Marx era ser un escritor póstumo. Autor muy leído en el siglo XX, publicó en vida unos pocos libros, en tiradas reducidas y algunos inconclusos como El capital, en tanto la mayoría de sus escritos eran borradores y permanecieron inéditos. Asimismo ejerció una inmensa –aunque equívoca– influencia en los acontecimientos del siglo pasado pero, en vida, su actividad política fue esporádica y reducida a minúsculos grupos que terminaban en el fracaso.

Para conocer el verdadero pensamiento de Marx hubo que esperar a la tardía aparición de los inéditos: los escritos juveniles y dos escritos de madurez: los Grundrisse –lectura ineludible en la década del 50– y el capítulo VI inédito de El capital. Allí Marx cambiaba la idea de la clase obrera como sujeto histórico sustituyéndola por una franja social más amplia, que abarcaba a los trabajadores intelectuales y también a los técnicos e incluso a los gerentes de empresa.

El desconocimiento de esos escritos fundamentales así como las indecisiones, ambigüedades y lagunas del autor –pero sobre todo las deformaciones del estalinismo– engendraron un marxismo doctrinario muy alejado y, en algunos momentos, hasta opuesto al pensamiento vivo de Marx. Este ya había vislumbrado los peligros que implicaban sus seguidores cuando decía “cultivé dragones y coseché pulgas”, y “sólo sé que no soy marxista”. A tal punto ha sido deformado el pensamiento de Marx por los marxistas, brindándoles argumentos a los antimarxistas, que los intérpretes más serios optan por reemplazar el término marxista, demasiado desprestigiado, por el de marxiano, a pesar de sus resonancias extraterrestres.

La originalidad de Marx, lo que lo diferenciaba de los socialistas utópicos, era la teoría de un socialismo sólo posible en sociedades avanzadas donde el capitalismo hubiera logrado el mayor desarrollo. Las izquierdas del siglo XX tardío sostuvieron, por el contrario, que el socialismo surgiría de la lucha de los países atrasados –llamados del Tercer Mundo– contra los países ricos. Para escándalo de los tercermundistas, Marx llegó a reconocer el papel contradictorio, opresivo y a la vez progresista jugado por el imperialismo inglés en la India. Es en vano el esfuerzo de los populistas de izquierda de rescatar alguna frase perdida en la correspondencia de Marx para mostrar que éste habría cambiado su posición al respecto.

El colapso de los sistemas burocráticos del Este y de los regímenes populistas que creyeron posible construir el socialismo en sociedades atrasadas no significó el desmentido histórico del pensamiento de Marx sino, por el contrario, su corroboración. Lenin, lector de Marx, había comprendido que, en una sociedad atrasada, predominantemente campesina como la rusa, el crecimiento económico debía venír antes del socialismo e intentó con la NEP (Nueva Política Económica) el desarrollo industrial y la instauración de un capitalismo sui géneris: economía de mercado con dictadura política. Ese proceso, interrumpido por su muerte, resulta bastante similar al posterior modelo de Den Xia Pin en la China postmaoísta.

Otra contradicción entre las izquierdas contemporáneas y el pensamiento de Marx ha sido la actitud respecto a la modernidad. El autor de El capital se reivindicaba heredero de la Ilustración y era un defensor del mundo moderno, basado en la razón, la ciencia, la técnica y la universalidad de la cultura humana; reivindicaba, aunque críticamente, a la burguesía por “haber desempeñado en el transcurso de la historia un papel verdaderamente revolucionario” y al capitalismo como la liberación de las tradiciones y los dogmas del mundo premoderno.

Nada más alejado del modernismo de Marx que el neorromanticismo antiiluminista en que caerían las izquierdas llamadas posmodernas; progresistas paradójicamente negadores de la idea de progreso. Después del colapso de los regímenes del Este, amplios sectores de la izquierda abandonaron a Marx para retornar, las utopías desdeñadas por éste o bien lo mezclaron con pensadores provenientes de la derecha radicalizada como Nietzsche y Heidegger.

El descarnado realismo con que Marx aceptó la crueldad de la historia estaba muy lejos del idealismo moralista y las ensoñaciones utópicas de ciertas izquierdas. Supo ver que el cambio y la creación constante que traía la modernidad implicaban al mismo tiempo su lado malo con el aumento de las desigualdades sociales pero, lejos de las visiones apocalípticas de las izquierdas postmarxistas, era consciente de que sólo se podía luchar contra las consecuencias no deseadas desde dentro y a favor de la propia modernidad.

Marx fue internacionalista y supo ver la tendencia irresistible a la globalización, en tanto las izquierdas actuales son proclives al nacionalismo y a la defensa de los regímenes nacionalistas más reaccionarios, incluido el fundamentalismo islámico, por el sólo hecho de ser los adversarios del satanizado mundo occidental.

Los análisis marxianos del desarrollo del capitalismo se adelantan a su época. Vieron con lucidez la globalización del capital, el predominio cada vez mayor de la gestión sobre la propiedad en las grandes empresas capitalistas, el crecimiento del sector terciario, el desplazamiento del trabajo manual por los avances científicos y técnicos –la automatización y la robotización que llevarían a la devaluación del papel de la clase obrera. Previó incluso fenómenos políticos como el fascismo al describir su antecedente, el bonapartismo, en El 18 brumario.

El carácter esencialmente conflictivo de las relaciones humanas, la interacción entre todos los fenómenos sociales, la importancia del modo de producción, el condicionamiento histórico de las ideas, la división de la sociedad en clases, todos esos aspectos de la realidad que hoy nadie niega, no eran, sin embargo, tan evidentes antes que Marx los señalara. Y esta influencia no siempre fue reconocida.

La derrota de las revoluciones parecería ser un argumento fuerte de los antimarxistas. Pero las expectativas revolucionarias de Marx provenían del ejemplo, todavía cercano, de la Revolución Francesa, que era, al fin, una revolución burguesa. Pero a partir del fracaso del movimiento revolucionario europeo de 1848 fue más cauteloso en sus predicciones insurreccionales y su descubrimiento del movimiento obrero ingles lo llevó a pensar en la alternativa de un socialismo de tipo parlamentario, posición que adoptó el último Engels.

Marx no fue principalmente el ideólogo del proletariado o el predicador del socialismo según la imagen usual; fue ante todo un lúcido analista del sistema capitalista. Acerca del socialismo escribió poco, aclarando que no era un “ideal a alcanzar sino que dependía del movimiento de la sociedad”. El Marx que sigue vivo hoy, desprendido de sus residuos mitológicos, es el del teórico crítico del capitalismo que, trascendiendo la ideología política, puede ser aceptado por la objetividad y la validez universal de sus análisis aun por aquellos que rechazan el socialismo. El economista Rudolf Hilferding escandalizó en su época al afirmar que existía una diferencia entre socialismo y marxismo y que, en consecuencia, se podía aceptar a éste y rechazar al mismo tiempo al otro. Joseph Schumpeter, a su vez, decía que Marx despojado de su fraseología permitía interpretaciones de índole liberal.

En el momento actual en que el marxismo pasa por su crisis más profunda, es hora de volver a Marx como a un clásico de la ciencia política, la sociología, la historia, la filosofía y sobre todo un precursor de las relaciones interdisciplinarias. Como todos los clásicos, trasciende su propia época y promueve nuevas lecturas desde una perspectiva distinta y acorde con los tiempos; sigue siendo nuestro contemporáneo en tanto muchos de los problemas que planteó no han sido resueltos. Norberto Bobbio acuñó la consigna: “Ni con Marx ni contra Marx”. Yo diría en cambio: “Con Marx y contra el marxismo”.

Extraído de: http://www.diarioperfil.com.ar/edimp/0182/articulo.php?art=2155&ed=0188#sigue



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