Dos críticas a Mayo del 68: Slavoj Zizek y Gabriel Albiac

Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal aparecen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y la otra como farsa.” (Carlos Marx. Cita extraída de “El 18 brumario de Luis Bonaparte“, 1851-1852)

Artículos dedicados a los hijos de los padres que hicieron -o de eso presumen- el Mayo de 1968, por gozar de perder el tiempo cometiendo los mismos errores que cometieron sus padres. Nunca 40 años habían sido tan inútiles en la historia.

“Mayo del 68 visto con los ojos de hoy” de Slavoj Zizek

Uno de los graffiti que aparecieron en los muros de París en Mayo del 68 decía: “¡Las estructuras no andan por la calle!“. Pero la respuesta de Jacques Lacan fue que eso era precisamente lo que había ocurrido en 1968: las estructuras salieron a la calle. Los sucesos más visibles y explosivos fueron la consecuencia de un desequilibrio estructural, el paso de una forma de dominación a otra, en términos de Lacan, del discurso del amo al discurso de la universidad.

Existen buenos motivos para mantener una opinión tan escéptica. Como dicen Luc Boltanski y Eve Chiapello en The New Spirit of Capitalism, a partir de 1970 apareció gradualmente una nueva forma de capitalismo, que abandonó la estructura jerárquica del proceso de producción al estilo de Ford y desarrolló una organización en red, basada en la iniciativa de los empleados y la autonomía en el lugar de trabajo. En vez de una cadena de mando centralizada y jerárquica, tenemos redes con una multitud de participantes que organizan el trabajo en equipos o proyectos, buscan la satisfacción del cliente y el bienestar público, se preocupan por la ecología, etcétera. Es decir, el capitalismo usurpó la retórica izquierdista de la autogestión de los trabajadores, hizo que dejara de ser un lema anticapitalista para convertirse en capitalista. El socialismo, empezó a decirse,no valía porque era conservador, jerárquico, administrativo, y la verdadera revolución era la del capitalismo digital.

De la liberación sexual de los sesenta ha sobrevivido el hedonismo tolerante cómodamente incorporado a nuestra ideología hegemónica: hoy, no sólo se permite, sino que se ordena disfrutar del sexo, y las personas que no lo logran se sienten culpables. El impulso de buscar formas radicales de disfrute (mediante experimentos sexuales y drogas u otros métodos para provocar un trance) surgió en un momento político concreto: cuando “el espíritu del 68” estaba agotando su potencial político. En ese momento crítico (a mediados de los setenta), la única opción que quedó fue un empuje directo y brutal hacia lo real, que asumió tres formas fundamentales: la búsqueda de formas extremas de disfrute sexual, el giro hacia la realidad de una experiencia interior (misticismo oriental) y el terrorismo político de izquierdas (Fracción del Ejército Rojo en Alemania, Brigadas Rojas en Italia, etcétera). La apuesta del terrorismo político de izquierdas era que, en una época en la que las masas están inmersas en el sueño ideológico del capitalismo, la crítica normal de la ideología ya no sirve, así que lo único que puede despertarlas es el recurso a la cruda realidad de la violencia directa, l’action directe.

Recordemos el reto de Lacan a los estudiantes que se manifestaban: “Como revolucionarios, sois unos histéricos en busca de un nuevo amo. Y lo tendréis“. Y lo tuvimos, disfrazado del amo “permisivo” posmoderno cuyo dominio es aún mayor porque es menos visible. Aunque no hay duda de que esa transición fue acompañada de muchos cambios positivos -baste con mencionar las nuevas libertades y el acceso a puestos de poder para las mujeres-, no hay más remedio que insistir en la pregunta crucial: ¿tal vez fue ese paso de un “espíritu del capitalismo” a otro lo único que realmente sucedió en el 68, y todo el ebrio entusiasmo de la libertad no fue más que un modo de sustituir una forma de dominación por otra?

Muchos elementos indican que las cosas no son tan sencillas. Si observamos nuestra situación desde la perspectiva del 68, debemos recordar su verdadero legado: el 68 fue, en esencia, un rechazo al sistema liberal-capitalista, un no a todo él. Es fácil reírse de la idea del fin de la historia de Fukuyama, pero la mayoría, hoy día, es fukuyamaísta: se acepta que el capitalismo liberal-democrático es la fórmula definitiva para la mejor sociedad posible y que lo único que se puede hacer es lograr que sea más justa y tolerante. La única pregunta que cuenta hoy es: ¿respaldamos esta naturalización del capitalismo, o el capitalismo globalizado actual contiene antagonismos lo suficientemente fuertes como para impedir su reproducción indefinida?

Dichos antagonismos son (por lo menos) cuatro: la amenaza inminente de la catástrofe ecológica; lo inadecuado de la propiedad privada para la llamada “propiedad intelectual”; las implicaciones socio-éticas de los nuevos avances tecnocientíficos (sobre todo en biogenética); y las nuevas formas de apartheid, los nuevos muros y guetos. El 11 de septiembre de 2001, cayeron las Torres Gemelas; 12 años antes, el 9 de noviembre de 1989, cayó el Muro de Berlín. El 9 de noviembre anunció los “felices noventa“, el sueño del “fin de la historia” de Fukuyama, la convicción de que la democracia liberal había ganado, de que la búsqueda se había terminado, de que la llegada de una comunidad mundial estaba a la vuelta de la esquina, de que los obstáculos a ese final feliz digno de Hollywood eran meramente empíricos y contingentes (bolsas locales de resistencia cuyos líderes no habían comprendido aún que había pasado su hora). Por el contrario, el 11-S es el gran símbolo del fin de los felices noventa de Clinton, el símbolo de la era que se avecina, en la que aparecen nuevos muros en todas partes, entre Israel y Cisjordania, alrededor de la Unión Europea, en la frontera entre Estados Unidos y México.

Los tres primeros antagonismos antes citados afectan a los elementos que Michael Hardt y Toni Negri denominan “comunes“, la sustancia común de nuestro ser social, cuya privatización es un acto violento al que hay que resistirse por todos los medios, incluso violentos, si es necesario. Son los elementos comunes de la naturaleza externa, amenazados por la contaminación y la explotación (el petróleo, los bosques, el hábitat natural); los elementos comunes de la naturaleza interna (la herencia biogenética de la humanidad), y los elementos comunes de la cultura, las formas inmediatamente socializadas de capital “cognitivo“, sobre todo el lenguaje, nuestro medio de comunicación y educación, pero también las infraestructuras comunes del transporte público, la electricidad, el correo, etcétera.

Si se hubiera permitido el monopolio a Bill Gates, nos encontraríamos en la absurda situación de que un individuo concreto poseyera literalmente todo el tejido de software de nuestra red esencial de comunicación. Lo que estamos comprendiendo de manera gradual son las posibilidades destructivas, hasta la autoaniquilación de la propia humanidad, que se harán realidad si se da carta blanca a la lógica capitalista de encerrar esos elementos comunes. Nicholas Stern tiene razón al caracterizar la crisis climática como “el mayor fracaso de mercado de la historia humana“. ¿Acaso la necesidad de establecer el espacio para una acción política mundial que sea capaz de neutralizar y canalizar los mecanismos de mercado no sustituye a una perspectiva propiamente comunista? Así, la referencia a los “elementos comunes” justifica la resurrección de la idea de comunismo: nos permite ver el “encerramiento” progresivo de esos elementos comunes como proceso de proletarización de quienes, con él, quedan excluidos de su propia sustancia.

Así, en contraste con la imagen clásica de los proletarios que no tienen “nada que perder más que sus cadenas“, todos corremos el peligro de perderlo todo; la amenaza es que nos veamos reducidos a vacíos sujetos cartesianos abstractos, carentes de todo contenido sustancial, desposeídos de nuestra sustancia simbólica, con nuestra base genética manipulada, seres que vegetan en un entorno inhabitable. Esta triple amenaza a todo nuestro ser nos vuelve a todos, en cierto sentido, proletarios, y la única forma de no convertirse en ello es actuar de antemano para prevenirlo.

Lo que mejor condensa el auténtico legado del 68 es la fórmula Soyons realistes, demandons l’impossible! (“Seamos realistas, pidamos lo imposible“). La verdadera utopía es la creencia de que el sistema mundial actual puede reproducirse de forma indefinida; la única forma de ser verdaderamente realistas es prever lo que, en las coordenadas de este sistema, no tiene más remedio que parecer imposible.

Extraído de: http://www.elpais.com/articulo/opinion/Mayo/68/visto/ojos/hoy/elpepiopi/20080501elpepiopi_12/Tes

“Mayo del 68: Destruir por Destruir”, de Gabriel Albiac

10 de mayo de 1968. Medianoche. París, Quartier Latin. Tan sólo barricadas. Objetos misteriosos sin función pragmática alguna. La barricada tuvo su gloria en el París revolucionario del XIX como artilugio militar indispensable para cortar el avance de jinetes y artillería. Su apoteosis la dibujó el Flaubert supremo de La educación sentimental en el cuadro fantasmal de la insurrección parisina de 1848. Medianoche del 10 de mayo de 1968. Algo más de un siglo. Media docena de revoluciones. Todas ellas traicionadas. Y una crepuscular resonancia épica cuya solemnidad tiene el sabor -pero sus protagonistas no lo saben- ya de una elegía. La barricada no corta el paso a ninguno de los grandes artefactos bélicos de final del siglo XX. Tácticamente es ociosa: poco más que un decorado de película o teatro. El adoquín arrancado de las calles no busca levantar barrera; persigue paraíso. No después, no al final del infinito tiempo de necias transiciones. El paraíso aquí: el combate es ya, en sí mismo, paraíso. No hay nada más allá de aquello que se toma en un presente suspendido sub specie aeternitatis. No hay nada que esperar ni que temer. Ahora es siempre paraíso. O infierno. Toda transición miente lo esencial: que lo dejado para luego queda para luego siempre. El adoquín no construye edificios: no hay futuro. El adoquín es el presente absoluto de la felicidad que nada planifica. No hay nada que esperar: no socialismo, sobre todo. No hay nada que temer: no este aburrido pudrirse en la sensata repetición al cual llamamos sociedad burguesa. Sólo hay la noche alzada en armas. El placer no delegado de empuñarlas. Frente al gigantesco Estado que todo puede y que todo controla. Armas en la noche. Irrisorias, si se quiere. Armas: inteligencia, adoquines, jóvenes cuerpos en lucha. Placer ahora, comunismo ahora. Bajo el adoquín, la playa. Feliz intensidad del insumiso: nada hay que pueda compararse a eso. Inteligencia, en suma: barricada.

Serge July, pasado el tiempo, dirigirá el diario Libération, Alain Geismar zozobrará en la grisura de una candidatura mitterrandiana un cuarto de siglo luego. No importa. Los fijo en sus veintipocos años. Redactando precipitadamente lo que han visto. Libro excesivo y por eso bellísimo. Hacia la guerra civil: “La barricada es el orden del deseo. No tiene la menor utilidad militar. Cualquier poli puede saltar sobre ella sin problema. Y, sin embargo, juega una función que es tal vez decisiva: define dos territorios; hay ahora un territorio del poder y uno de los manifestantes. La barricada es la marca de la diferencia radical, de la oposición irreductible. Es el orden revolucionario contra el orden burgués. La barricada es la delimitación de un lugar de la palabra, de un lugar donde el deseo puede inscribirse y llegar a ser palabra. En el Boulevard Gay-Lusac cristalizó una muchedumbre de fantasmas“.

Muchedumbre, sí. En la noche comunista: la gran fiesta que nada necesita de futuras promesas. Callejón transversal que define el ínfimo triángulo Gay-Lussac/Saint-Michel/Royer-Collard. Los trotskistas de Krivine se aprestan al choque. Pequeña unidad de adolescentes, preparada para el cuerpo a cuerpo con la policía. Un jovencísmo Alain Krivine repite fórmulas aprendidas en libros de hojas mil veces sobadas: “El enfrentamiento es inminente. El gobierno no puede tolerar que París amanezca mañana cubierto de barricadas. Va a ser duro, muy duro. Es el momento de mostrarse a la altura precisa. Sois revolucionarios. Sed los mejores. Dispersaos en pequeños grupos por las barricadas. Y combatid en primera línea“. Retórica tan vieja, en ojos infinitamente nuevos.

Pierre Goldmann deambula en el ajetreo de la desadoquinada Place Edmond Rostand, en el corazón del territorio insurrecto. Contempla aquel teatro. Nada entiende. Él empezó esta historia en el 65, volando por los aires la servil estructura, mitad reformista mitad staliniana, del anacrónico PC francés, junto a Krivine y a otros tantos a los que ve afanarse en torno suyo. Ha pedido, hace unos meses, su incorporación a la guerrilla venezolana. Ve todo esto en torno suyo como un gran guiñol. ¿Dónde están los fusiles? ¿Dónde los tanques? No se hace una revolución sin fusiles ni tanques. Los compañeros se han vuelto locos o están jugando. Nada entiende. Los compañeros son sólo media docena de años más jóvenes que él. Y es como si varios milenios los separaran. Huirá de París a la guerrilla americana, de la guerrilla al bandolerismo urbano en París de nuevo y de allí a la cárcel. Escribirá el más bello de los testimonios de su generación: las Memorias de un judío polaco nacido en Francia. Luego, ya libre, un comando parapolicial lo asesinará a tiros: 20 de septiembre de 1979. Goldmann, tan joven y ya tan desbordado por el tiempo. 10 de mayo de 1968, ojos abiertos sobre una insurrección que él inició y que no comprende: “Me parecía que los estudiantes difundían en las calles, en la Sorbona, la oleada malsana de un síntoma histérico. Bajo formas lúdicas y masturbatorias satisfacían su deseo de historia. Me chocó que no tomasen otra cosa que la palabra y que se regocijasen en ello. Sustituían la acción por el verbo… Fui a hablar con los dirigentes y les propuse una acción armada. Abrir fuego contra las fuerzas del orden… Me miraron como a un loco“. Lo echaron a patadas. No sólo los “padres” del PCF, también los “hermanos mayores” habían perdido pie. Quedaba sólo un muchachito pecoso y sin historia. Hablaba por los micros de las unidades móviles de radio: “On s’ammuse!” ¡A divertirse! La política -eso a lo cual los viejos sifilíticos llaman política- saltaba en pedazos.

Ningún futuro había en mayo. Placer desnudo del presente, sólo. A eso llamamos revolución. Nada que construir. Sólo romperlo todo: el buen sentido y las respetables normas, lo primero. Una vieja novelista indigna comprendió enseguida el envite magistral de ese lenguaje. Romper, romper y no reemplazar nunca. Destruir, dicen ellos…

Extraído de: http://www.elmundo.es/magazine/num132/textos/des.html


3 comentarios on “Dos críticas a Mayo del 68: Slavoj Zizek y Gabriel Albiac”

  1. rafael dice:

    ZICEK es un hombre brillante,el problema es que a veces no profundiza y asume sin el menor sentido
    indagativo y critico , los tópicos de los mass media capitalista, como el apocalipsis ambiental-falso-,el cambio climático-falso-,la bioingenieria-muy discutible-,etc.
    el pobre ZIZEK,que reivindica el marxismo, no se da cuenta ,ni lo imagina, que el mayorproblema que afronta el sistema es la población;mas exactamente la rarefacciónde las FUENTES DE PLUSVALOR.debería leer más a los marxistas,como HENRYK GROSSMAN ,o a cientificos disidentes con las VERDADES OFICIALES y ver menos películas de hollywood, so pena de convertirse en un CLOWN,más del mercado intelectual.

  2. rafael dice:

    en cuanto a G.ALBIAC, es un pedante insoportable y bastante ignorante.

  3. Crates dice:

    Es cierto lo que dice Rafael sobre Zizek. En muchos artículos se deja arrastrar por ese insoportable clima posmoderno que con tanta alegría combina provocación con catastrofismo.

    Rafael también tiene razón en otro punto: el verdadero colapso del capitalismo llegará por el incremento de la población. Y eso nos lleva directamente a la economía clásica, en la que Marx sigue aún brillando por encima de cualquier otro.

    Por eso me parece mucho más interesante hablar de la crisis mundial de alimentos y del Plan de Pensiones Global. He ahí los dos grandes desafíos para el siglo XXI…


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